La despedida pública en Villa Domínico reunió a una multitud de seguidores que llegaron desde distintos puntos del país. Más que el adiós a una figura del rock, fue la confirmación de un legado musical y cultural construido alrededor de las canciones, la pertenencia y el encuentro colectivo.
La despedida del Indio Solari tuvo la forma de aquello que su obra construyó durante décadas: una multitud caminando, cantando, esperando y reconociéndose alrededor de una música que fue mucho más que una banda sonora generacional. En el Polideportivo José María Gatica, en Villa Domínico, miles de seguidores participaron del último adiós al exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, fallecido el viernes a los 77 años.
La escena condensó buena parte del fenómeno ricotero. Hubo banderas, remeras, flores, aplausos, lágrimas y canciones entonadas como si todavía se tratara de una previa de recital. La familia había pedido que la despedida se desarrollara con respeto, paciencia y cuidado colectivo, y ese clima marcó una jornada atravesada por la emoción, la lluvia y una organización popular que volvió a mostrar el vínculo singular entre el Indio y su público.
El comunicado final de la familia le puso palabras a ese cierre. “Ya está. Todas y todos los que tuvieron la posibilidad de acercarse a despedirlo, lo hicieron”, expresó el mensaje difundido tras el cierre del acceso al predio. En el mismo texto, sus seres queridos pidieron que la tristeza se transforme en continuidad: “Que su música no pare nunca más”.
Esa frase resume, acaso mejor que cualquier balance, el lugar que ocupa Carlos Alberto Solari en la cultura argentina. El Indio no fue solamente el cantante de una de las bandas más importantes del rock nacional. Fue la voz de una forma de estar juntos, de viajar, de compartir códigos, de hacer de cada concierto una ceremonia laica y de cada canción una contraseña afectiva entre desconocidos.
Con Los Redondos, Solari construyó una obra difícil de encasillar. La potencia guitarrera de Skay Beilinson, la voz grave y filosa del Indio, las letras enigmáticas y una decisión firme de mantenerse por fuera de las reglas tradicionales de la industria hicieron de la banda un caso único. Discos como Oktubre, Un baión para el ojo idiota, Bang! Bang! Estás liquidado, La mosca y la sopa y Luzbelito no solo marcaron una época: siguen funcionando como mapas emocionales, políticos y culturales para varias generaciones.
Parte de su legado está en esas canciones que nunca terminaron de cerrarse en una única interpretación. El Indio escribía con imágenes, personajes, climas y frases que se volvieron parte del lenguaje popular. Sus letras podían sonar herméticas, pero llegaban de manera directa a quienes encontraban allí una forma de nombrar el desencanto, la calle, la fiesta, el peligro, la amistad, la derrota o la resistencia cotidiana.
La otra parte de su legado está en la cultura del encuentro. El fenómeno ricotero convirtió al público en protagonista. Cada recital fue también un viaje compartido, una caravana, una red de pertenencias construida lejos de la publicidad convencional y del consumo rápido. Allí se forjó una comunidad que no necesitó explicarse demasiado: se reconocía en los cantos, en las banderas, en las rutas, en la espera y en esa idea de que la música podía reunir lo que la vida diaria dispersaba.
Tras la separación de Los Redondos, el Indio sostuvo esa comunión con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Ya en su etapa solista, volvió a convocar multitudes y mantuvo vivo un rito que no dependía únicamente de la nostalgia. La enfermedad de Parkinson, que él mismo hizo pública en 2016, fue alejándolo de los escenarios, pero no quebró ese lazo: su voz siguió apareciendo en mensajes, grabaciones, discos, apariciones virtuales y homenajes que renovaron el vínculo con sus seguidores.
La despedida en Villa Domínico confirmó que ese vínculo excede cualquier formato. No fue solo el velatorio de un músico. Fue una manifestación popular, una forma de duelo colectivo y también una celebración de todo lo que su obra puso en movimiento. En tiempos en que muchas experiencias culturales se consumen de manera fragmentada y solitaria, el Indio deja como herencia una idea poderosa: la música todavía puede reunir cuerpos, memorias y afectos en un mismo lugar.
Por eso, el último adiós tuvo algo de cierre y algo de continuidad. Cerró la vida de un artista reservado, incómodo para las etiquetas y decisivo para entender el rock argentino. Pero dejó abierta una obra que seguirá sonando en estadios, bares, casas, rutas, canchas, radios y reuniones donde alguien vuelva a poner una canción y otro responda con una frase aprendida de memoria.
La despedida pública terminó, pero el ritual no. Queda la música, quedan las letras, queda la comunidad que se reconoció durante décadas en una voz. Y queda, sobre todo, esa certeza que atravesó la jornada: el Indio se fue, pero lo que convocó alrededor de sus canciones seguirá encontrando nuevas formas de encontrarse.





































