Por Sofía Urbina Paliza, comunicadora y militante feminista
El precandidato a senador por Cambiemos y exministro de Educación Esteban Bullrich fue el centro de atención la semana pasada por sus polémicas declaraciones sobre al aborto. Cuando le preguntaron sobre la contradicción de estar a favor de la campaña “Ni una menos” y no considerar a las mujeres pobres que ponen en riesgo sus vidas por la ilegalidad del aborto, el exministro dijo que “cuando hay una nena adentro también es ‘Ni una menos’, porque la están matando”
¿Una nena?, ¿adentro?, ¿adentro de qué?
Esteban Bullrich, el mismo que desarticuló las capacitaciones docentes masivas, él le quitó jerarquía al Programa Nacional de Educación Sexual Integral (ESI) y no invirtió un centavo en publicaciones que puedan acompañar la ESI, demuestra una vez más su enorme desprecio por las problemáticas que atraviesan las mujeres en el país. “Adentro”, dijo Esteban para evitar decir útero, para evitar decir mujer, para quitarle poder de decisión. Pero cabe aclarar que no hay una nena ahí “adentro” como dice el exministro, es un feto en el cuerpo de una mujer que tiene derecho a decidir sobre su gestación.
Lo que hay en esa respuesta es una clara cosificación de nuestros cuerpos. No somos una fuente donde se depositan los futuros niños. No es que quedamos embarazadas y nuestro cuerpo pasa a ser una cosa de la que todo el mundo puede opinar y accionar. Parece que se olvidan de nuestros deseos, nuestros planes de vida, y nuestras posibilidades. Una vez más, la política conservadora dejó bien marcada la distancia entre las mujeres con recursos para realizar un aborto clandestino con todas las medidas de seguridad y las que no pueden acceder a condiciones mínimas de cuidado, una vez más la hipocresía de nuestros funcionarios salta a la luz.
Incluso en los casos donde en teoría el aborto es legal, la práctica deja mucho que desear. El aborto no punible se da en casos de violación o cuando corre riesgo la vida o la salud de la mujer embarazada y eso es ley desde 1921. Es decir que para poder acceder a la interrupción de un embarazo no deseado hay que ser víctima o estar a punto de morir. Y ni siquiera así, porque siempre estará la sospecha de que esos riesgos no son tan graves o si fue de verdad un caso de violación, siempre estará la persecución o los organismos como El Portal de Belén, que mantienen frenada la aplicación del protocolo no punible desde hace 4 años.
Pero la criminalización del aborto no evita que las mujeres recurran a esa práctica. Se calcula que en el país se realizan entre en 360 mil a 450 mil abortos por año, según estimaciones oficiales del ministerio de Salud. Dentro de este número tenemos mujeres de todos los sectores sociales, pero las que ponen en riesgo su vida son las mujeres pobres, las que no pueden acceder a clínicas privadas ni al medicamento para abortar ya que en el país el misoprostol cuesta un 2.746 por ciento más que en Francia. En el llamado primer mundo se aborta y acá nos morimos.
¿A qué se debe tanta invisibilización del sector más vulnerable? ¿Será que Esteban piensa que las mujeres de su entorno no abortan? Claro que lo hacen, pero de forma clandestina, segura y con médicos que se enriquecen a costa de la penalización de esta práctica. Como bien ha demostrado la justicia, la ley no es para todas: el aborto para algunas es un secreto y para otras es la cárcel o la muerte.
La penalización del aborto va de la mano de ese estereotipo de maternidad de la mujer que es pura entrega, incondicional y sin lugar para atender a la propia salud. Ese estereotipo que sigue avalando que el 40 por ciento de los hogares argentinos tengan como única cabeza del hogar a una mujer.
Abortamos en todas las clases sociales, todos los tipos de mujeres. Y cuando esa decisión está tomada, ni la clandestinidad ni el riesgo harán que se cambie de opinión, porque lo que se pone en juego cuando se impone una maternidad forzada es toda la vida que tenemos por delante.
El aborto legal es una deuda de la democracia, como viene repitiendo la Campaña Nacional por el Aborto legal, seguro y gratuito en cada una de las veces que presentó su proyecto de ley en los últimos doce años. Esa deuda se cobra día a día la vida concreta de mujeres, y es por ellas que hay que dar un debate serio en ámbitos legislativos y educativos para conseguir el derecho de todas a la libertad y la autonomía.
Nota correspondiente a la edición n° 477 del semanario La Jornada, del 30 de julio de 2017.

































