El ex candidato a defensor del Pueblo, Santiago Juliá, criticó el acercamiento discursivo del intendente Esteban Avilés al espacio libertario de Javier Milei y advirtió que, pese al cambio de imagen, se mantiene un modelo de Estado municipal “gigante, caro e intervencionista”.
El ex candidato a defensor del Pueblo Santiago Juliá planteó una dura crítica al rumbo político del intendente Esteban Avilés, a quien acusa de ensayar un giro a la derecha y de acercarse al espacio libertario que encabeza el presidente Javier Milei, sin modificar el modelo de Estado municipal que viene sosteniendo en Villa Carlos Paz desde hace años.
En un texto de opinión reciente, Juliá recurre a una escena de la película El secreto de sus ojos para graficar su planteo: así como el personaje “no puede cambiar de pasión”, sostiene que el oficialismo local puede cambiar de logo, de colores y de discurso, pero mantiene intacta su pasión por un Estado “gigante”, con muchos empleados, servicios estatizados y concesiones a medida de empresas amigas y monopólicas. En esa línea afirma que, desde hace más de dos décadas, el actual espacio de gobierno vive de los “privilegios del Estado”.
Un Estado municipal grande, caro y concentrado
Juliá advierte que el problema central de Villa Carlos Paz no es estético ni de marketing, sino de modelo de Estado y de concentración de poder. Según su mirada, detrás del rediseño de logos y del endurecimiento del discurso persiste una estructura municipal “cada vez más grande, más cara y más cerrada sobre sí misma”.
Como ejemplo, señala que el Estado local destina más del 70% de sus recursos a sueldos y menos del 8% a obra pública, y que sostiene servicios claves bajo esquemas que, a su juicio, consolidan la dependencia de la ciudad respecto de un puñado de actores. Menciona el transporte público con subsidios discrecionales que garantizan la rentabilidad empresaria, la recolección de residuos en manos de una única firma con aumentos automáticos del canon y el servicio de agua donde el municipio es dueño del recurso, del servicio y del control, lo que lo lleva a plantear la pregunta: “¿Quién controla al que controla?”.
En ese marco, define al oficialismo como “populistas de izquierda” que ahora intentan presentarse como “populistas de derecha”, sin abandonar un Estado municipal grande, intervencionista y con servicios concentrados en contratos amigos.
El “kirchnerismo local” y la coherencia del discurso
Juliá también cuestiona las recientes declaraciones de Esteban Avilés, quien responsabilizó al supuesto “kirchnerismo local” por la destrucción de los servicios y de la ciudad. El dirigente considera esa acusación “tragicómica” y recuerda que ese espacio nunca tuvo representación significativa ni poder real en Villa Carlos Paz.
Frente a esa narrativa, subraya que el actual oficialismo gobierna desde hace 16 años y que, aun cuando el kirchnerismo estuvo cerca de alguna concesión, existía un actor —el propio municipio— con capacidad para controlar, exigir, intimar y rescindir. Por eso, exige que no se subestime a los vecinos con explicaciones que, según su mirada, distorsionan la realidad sobre quién concentró el poder y manejó las decisiones en este tiempo.
Liberalismo declamado y números concretos
Uno de los ejes centrales del texto de Juliá es la exigencia de coherencia entre el voto nacional y la realidad local. Plantea que no es consistente defender a nivel nacional un Estado chico, eficiente y sin déficit, mientras se convalida en la ciudad un Estado “gigante, hiperpresente y opaco”.
En esa línea, sostiene que si el oficialismo pretende girar hacia un modelo liberal debe explicarlo con números concretos: qué áreas va a cerrar, qué porcentaje de planta estatal reducirá, cuántos cargos políticos eliminará, qué parte del presupuesto dejará de destinarse a sueldos y qué contratos de concesión renegociará. Y sintetiza su planteo en una frase: “El liberalismo no se declama. Se ejecuta”.
Para el ex candidato, el reciente cambio de imagen oficial es “oportunismo político” y no una transformación estructural del Estado municipal, que sigue sin discutir de fondo el modelo que la ciudad necesita.
La responsabilidad de la oposición y el debate pendiente
Juliá no limita sus cuestionamientos al oficialismo. También apunta a la oposición, a la que responsabiliza por años de fragmentación, egos, intereses individuales y falta de un programa común, con cinco, seis o siete candidaturas enfrentadas en cada elección. Ese escenario, afirma, no debilita al poder sino que lo consolida, porque frente a la incertidumbre el vecino termina optando por la continuidad.
Desde su espacio, propone invertir el orden de las discusiones: antes que hablar de nombres y candidaturas, considera indispensable acordar modelo de ciudad, reglas, programa y proyecto de gobierno para construir un Estado pragmático, solidario con los vecinos y dispuesto a ajustar primero los privilegios de la política.
Modelo de ciudad, seguridad jurídica y futuro
En el tramo final de su reflexión, Juliá sostiene que el problema ya no es ideológico sino institucional. Advierte sobre un esquema en el que un mismo actor concentra poder, recursos, servicios y control, cambiando las reglas de juego según el “humor matinal”, lo que a su juicio erosiona la seguridad jurídica y desalienta la inversión. Sin “reglas claras” y sin desarrollo urbano planificado, insiste, la ciudad pierde competitividad, las temporadas empeoran y la recaudación cae, mientras un Estado que destina buena parte de sus recursos a la “casta” ofrece servicios cada vez más débiles.
“Villa Carlos Paz no es una franquicia política ni un laboratorio ideológico”, enfatiza, y advierte que una alternativa que se limite a ofrecer un color diferente, un logo nuevo o un discurso ruidoso en redes pero sin programa ni conocimiento real del territorio puede terminar convirtiéndose en una simple “versión edulcorada” del mismo modelo, facilitando que vuelva a ganar “el mismo de siempre”.
Por eso, concluye que el verdadero debate que la ciudad se debe no pasa por un logo u otro, ni por la dicotomía entre izquierda y derecha, sino por la coherencia y por la definición de un modelo de Estado con límites claros al poder concentrado. A su entender, un modelo no cambia con estética, sino con cambios estructurales que incomodan al poder, y esa diferencia es la que separa el “maquillaje” de una transformación real.






































