Por Evelina Ramírez
“Reinaldo Alberto Ávila Moreira, Jorge Carlos Molina Gómez y Ricardo Américo Apertile Narvaja volvieron a la escuela”, dice con orgullo el director del Instituto de Enseñanza Secundaria, Augusto Grosso.
La imagen de los tres estudiantes desaparecidos por la última dictadura cívico-militar se muestra en el escenario de la institución. No es un día cualquiera: es 16 de septiembre, día en que se cumplen 50 años de la “Noche de los Lápices”.
La recuperación histórica también se da en el marco de los 75 años de existencia del IES, que a lo largo del año ha desarrollado una serie de acciones conmemorativas.
“La historia real de la escuela nos muestra que el actual intendente es egresado del IES, que el anterior intendente también lo fue. Que tenemos personas y personalidades en la política, en el turismo, en la gastronomía que han sido egresados del IES. Y también tenemos militantes, luchadores, políticos, presidentes de centros de estudiantes que fueron desaparecidos por el terrorismo de Estado. Ellos son también parte de nuestra historia”, destacó el director.
Para esta recuperación histórica se encaró un fuerte trabajo documental. Al respecto, la profesora de Historia Rocío González Amaya remarcó que hubo una fuerte articulación con el Archivo Provincial de la Memoria de Córdoba y con el Memorial Presentes, que reúne documentación sobre personas desaparecidas y víctimas del terrorismo de Estado.
“Queremos que los jóvenes no encuentren al terrorismo de Estado como una cosa alejada y distante, sino que puedan ver, incluso con sus rostros ahí, cómo están presentes en nuestra institución y cómo el terrorismo de Estado atravesó a todas las comunidades”, explicó la docente.
Historias recuperadas
Jorge Carlos Molina Gómez: desapareció la noche del 28 de diciembre de 1977 en la ciudad de Villa Carlos Paz, Córdoba. En ese momento tenía 25 años. Esa noche, Jorge salió de su casa con rumbo desconocido. El último dato concreto es que cargó combustible en una estación de servicio de Villa Carlos Paz. Se movilizaba en un auto Fiat 125 de color rojo. No hay información sobre si el vehículo fue encontrado.
Ricardo Américo Apertile Narvaja: nació el 24 de diciembre de 1954 en Villa Carlos Paz, provincia de Córdoba. A los 20 años de edad, fue secuestrado el 3 de diciembre de 1975 en el barrio Jardín de la ciudad de Córdoba junto a otros ocho estudiantes universitarios, en su mayoría de nacionalidad boliviana. Al día siguiente, el 4 de diciembre, el grupo fue trasladado y fusilado en la ruta camino al Dique Los Molinos. El crimen fue perpetrado y adjudicado por el Comando Libertadores de América.
Reinaldo Alberto Ávila Moreira: nació el 25 de mayo de 1954 en Joaquín V. González, provincia de Salta. Realizó sus estudios primarios en el Chaco y la escuela secundaria en el Instituto de Enseñanza Secundaria (IES) de la ciudad de Villa Carlos Paz, Córdoba.
En 1973 ingresó a la Universidad Nacional de Córdoba para estudiar Odontología, donde se destacó como presidente del centro de estudiantes y referente político. Militó en el PRT-ERP. Fue secuestrado en su domicilio, ubicado en el barrio Rosedal de la ciudad de Córdoba, el 3 de diciembre de 1976. Tras su captura, fue llevado al Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio La Perla, lugar en el que permaneció cautivo y donde continúa desaparecido.
María del Valle y Lidia del Valle Ávila, hermanas de Alberto, participaron del homenaje realizado en el IES. En diálogo con VillaNos Radio, compartieron sus recuerdos, destacaron su militancia política y sus firmes convicciones.
“Lo recuerdo como un hermano papá, porque mis padres trabajaban mucho. Siempre fueron personas muy sacrificadas por darnos algo y nos dejaron mucho sobre su ejemplo. Y por eso Alberto nos acompañaba mucho. Yo quería cantar y él me decía: ‘vamos, yo te acompaño’. A mis actos en la primaria también iba él. Después, cuando crecimos, teníamos muchas conversaciones sobre su lucha. Aprendí mucho sobre la masacre de Trelew con él. Él me decía que quería algo mejor para todos. Él no quería ver pobres. A él le dolía muchísimo la pobreza. Era muy sensible”, describió María.
La solidaridad y el compromiso social eran rasgos centrales de su personalidad. Lidia lo describió como una persona de “un corazón muy grande”, que estaba convencido de que era posible construir una sociedad más justa.
Entre los recuerdos que conserva María, hay dos conversaciones que la marcaron. En una oportunidad, su madre le propuso reunir dinero para que pudiera irse, ante el peligro que corría. La respuesta de Alberto fue contundente: “Yo a mis compañeros no los dejo”.
En otra charla, María le preguntó qué esperaba de la lucha que llevaba adelante. La respuesta de su hermano adquirió un significado especial con el paso del tiempo: “Un día nosotros vamos a hacer bandera”.
“En ese momento no me sonó. Después, cuando empecé a ver marchas de estudiantes, de jubilados, de derechos humanos, ahí dije: acá estás vos, esta es tu bandera. Ahí entendí por qué me dijiste que ustedes iban a hacer bandera”, recordó emocionada.
