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El Refugio Cura Brochero se reorganiza para seguir: nueva conducción, menos recursos y la decisión de sostener 28 años de trabajo solidario

Después de meses de dificultades económicas, desgaste institucional y riesgo de cierre, una nueva comisión asumió la conducción del Refugio Nocturno y Hogar de Tránsito Cura Brochero de Villa Carlos Paz. La institución abre menos días, suspendió temporalmente el alojamiento y abandonó el reciclado, pero mantiene la asistencia y busca reconstruirse. “Nos reconvertiremos en otra cosa, pero como sea, vamos a seguir trabajando”, sostuvo su nuevo presidente, Lucas Gabutti.


El Refugio Nocturno y Hogar de Tránsito Cura Brochero atraviesa una de las etapas más delicadas de sus 28 años de historia, pero la nueva conducción tomó una decisión que pretende colocar por encima de todas las dificultades: la institución no va a cerrar.

Después de meses marcados por problemas económicos, desgaste interno, tensiones con el municipio y vecinos y una reducción progresiva de su capacidad operativa, en septiembre se adelantó la renovación de autoridades y Lucas Gabutti asumió la presidencia de la asociación civil junto a un grupo integrado mayoritariamente por voluntarios que ya venían trabajando dentro del Refugio.

El escenario que encontraron obligó a tomar decisiones difíciles.

Hoy la institución abre menos días, dejó temporalmente de alojar personas durante la noche, discontinuó la actividad de reciclado que le generaba parte de sus ingresos y concentró horarios y servicios para poder sostenerlos con los recursos y voluntarios disponibles.

Pero sigue recibiendo gente. Sigue sirviendo comidas. Sigue entregando viandas, ropa, elementos de higiene y medicamentos. Sigue ofreciendo un lugar donde bañarse, conversar y pedir ayuda.

“Nos resistimos a pensar que una institución con tantos años tenga que cerrar de una manera tan abrupta”, explicó Gabutti durante una extensa entrevista con VillaNos Radio.

La estrategia podría resumirse en una idea: achicar para sostener, ordenar para después intentar recuperar lo perdido.

“Nos reconvertiremos en otra cosa, pero como sea, vamos a seguir trabajando”, afirmó.

Una renovación acelerada por el desgaste

El cambio de conducción estaba previsto para más adelante, pero la crisis adelantó los tiempos.

Gabutti explicó que desde mayo el funcionamiento comenzó a volverse cada vez más difícil. A los problemas económicos y operativos se sumó el desgaste de quienes venían cargando desde hacía años con buena parte de la responsabilidad cotidiana.

Durante el invierno, cuando las bajas temperaturas vuelven todavía más urgente la asistencia a quienes duermen en la calle, la comisión anterior hizo un esfuerzo para sostener el servicio. Pero ese mismo esfuerzo terminó profundizando el agotamiento.

La renovación que originalmente se pensaba hacia fin de año terminó adelantándose.

“Hagamos una renovación, no en diciembre, sino antes”, recordó Gabutti sobre la decisión que finalmente llevó a convocar una asamblea extraordinaria en septiembre.

El recambio permitió aliviar a quienes habían sostenido durante años el mayor peso de la institución y sumar nuevas personas a las tareas de conducción.

No se trató, sin embargo, de un desembarco externo.

Buena parte de quienes hoy ocupan responsabilidades ya estaban dentro del Refugio como voluntarios, vinculados con cocina, asistencia, reciclado y tareas operativas.

Por eso, internamente prefieren incluso una denominación menos vertical que la tradicional estructura de cargos: hablan de un “equipo coordinador”.

La intención es repartir responsabilidades y evitar que el funcionamiento vuelva a descansar sobre unas pocas personas.

Gabutti reivindicó en ese sentido especialmente el trabajo realizado durante años por Alicia Barrigó y Marita Pedrocce, a quienes señaló como referentes fundamentales de la historia del Refugio y cuyo compromiso permitió atravesar muchas de las etapas anteriores.

Quince días sin actividad y una decisión: empezar de nuevo

El punto más crítico llegó a fines de agosto.

El Refugio permaneció alrededor de 15 días sin actividad, en un contexto en el que la posibilidad de cierre dejó de ser una amenaza lejana.

Para la nueva conducción, pensar que una institución construida durante casi tres décadas podía desaparecer de manera abrupta resultaba, en palabras de Gabutti, “injusto” e “ingrato”.

Fue entonces cuando apareció una lógica distinta.

Si ya no era posible sostener todo el esquema anterior, había que identificar qué podía mantenerse y reconstruir desde allí.

Actualmente, el Refugio abre lunes, martes y miércoles en la sede de avenida Cárcano 224.

La actividad comienza alrededor de las 18, con merienda y recepción de quienes se acercan. La cena se sirve aproximadamente a las 20 y la jornada busca terminar cerca de las 21.

Durante esas horas se entregan además viandas, ropa, elementos de higiene y medicamentos, y se permite el acceso a baños.

Los sábados se mantiene otro tipo de encuentro, desde aproximadamente las 16, con merienda, películas, charlas y actividades recreativas.

Gabutti lo define como un espacio de contención social: una posibilidad de escuchar y acompañar que intenta ir más allá de la respuesta alimentaria.

El alojamiento, la ausencia más difícil

La principal diferencia con el funcionamiento histórico del Refugio es que actualmente no recibe personas para pasar la noche.

“No estamos dando alojamiento ahora”, confirmó Gabutti.

La suspensión responde fundamentalmente a dos problemas: faltan voluntarios suficientes para sostener las guardias nocturnas y el inmueble necesita trabajos de mantenimiento que la institución decidió encarar durante esta etapa.

Quienes concurren pueden comer, higienizarse, retirar una vianda o recibir otra asistencia, pero alrededor de las 21 deben retirarse.

La nueva conducción no considera esa situación definitiva.

Por el contrario, uno de sus objetivos centrales es “aunque sea empezar a retomar paulatinamente los días de alojamiento”.

Para hacerlo necesitan mejorar simultáneamente varios frentes: incorporar voluntarios, recuperar cierta estabilidad económica, garantizar personas que cubran los horarios nocturnos y poner en mejores condiciones el edificio.

Lucas Gabutti.

“La idea nuestra es de a poco ir retomando las actividades como las teníamos”, sostuvo Gabutti.

No hay una fecha fijada.

La recuperación dependerá de que existan condiciones reales para sostener aquello que se vuelva a abrir.

Menos días, pero una demanda que sigue ahí

La reducción del funcionamiento no significó una caída equivalente en la cantidad de personas que necesitan asistencia.

Gabutti calcula que durante cada jornada se acercan alrededor de 50 personas, e incluso más en algunos días, entre quienes comen en la sede y quienes retiran viandas.

Y el perfil de quienes llegan tampoco responde siempre a la imagen más extrema de una persona viviendo directamente en la calle.

Hay quienes habitan una pensión, hacen changas, perciben algún ingreso, cobran una jubilación mínima o incluso mantienen cobertura médica. El problema aparece cuando, después de pagar alquiler, servicios u otros gastos inevitables, ya no queda dinero suficiente para alimentarse.

“Llega el día 10 del mes, pagó el alquiler de la pensión o algún gasto extra y ya no le alcanza”, describió.

Entre esos casos, Gabutti mencionó especialmente a jubilados que cobran la mínima y recurren al Refugio para garantizarse una comida.

La institución termina así absorbiendo una problemática social más amplia que la situación de calle.

Asiste también a personas que todavía conservan parte de su estructura cotidiana —un ingreso, una habitación, alguna cobertura— pero dejaron de poder cubrir necesidades básicas durante todo el mes.

“El hambre la tiene hoy”

Esa realidad explica uno de los principios con los que Gabutti defiende la continuidad del trabajo.

Las soluciones estructurales pueden requerir programas, seguimiento y políticas de largo plazo. Pero la emergencia no espera.

“La persona que hoy tiene hambre, esa familia que hoy se quedó sin una casa, tiene su necesidad hoy”, sostuvo.

Y completó: “El hambre la tiene hoy, su necesidad la tiene hoy, el frío lo pasa hoy”.

Ese es el lugar que el Refugio ocupó históricamente.

Resolver primero lo urgente: una comida, ropa, un medicamento, una ducha, un espacio donde detenerse.

La aspiración de la nueva conducción es poder avanzar con el tiempo hacia un trabajo que no quede limitado a “la emergencia y el asistencialismo inmediato”.

Gabutti habló de integración, talleres, herramientas personales, reconstrucción de vínculos y redes de acompañamiento.

Pero reconoce que mientras los recursos sigan siendo escasos, buena parte del esfuerzo deberá continuar concentrada en garantizar lo elemental.

El edificio sigue, pero cambió la dinámica

Durante los meses de mayor incertidumbre también estuvo en discusión la continuidad en la actual sede.

Gabutti destacó, sin embargo, que la relación con los propietarios nunca fue uno de los problemas.

“De todos los problemas posibles, con los dueños de la propiedad es el único que no tuvimos”, sostuvo.

El alquiler continúa, aunque mediante compromisos por períodos más breves, porque la asociación evita asumir obligaciones largas mientras todavía está definiendo cómo podrá funcionar hacia adelante.

La suspensión del alojamiento permitió además aprovechar este período para realizar limpieza, pintura y reparaciones.

También cambió la dinámica alrededor del edificio.

Al concentrar la actividad hasta aproximadamente las 21 y eliminar por ahora la permanencia nocturna, disminuyó el movimiento en el sector.

“La gente viene, merienda, cena y se retira”, explicó Gabutti.

A eso se suma otra decisión importante: el Refugio dejó de realizar reciclado.

Durante años había recolectado y clasificado cartón, PET y telgopor. Esa actividad generaba recursos para la institución, pero también se había convertido en uno de los principales puntos de conflicto con parte del vecindario.

La comisión decidió discontinuarla y eliminar el acopio de esos materiales en la sede.

La medida redujo una fuente de tensión, pero también eliminó ingresos.

“Parte del ingreso viene del reciclado”, reconoció Gabutti.

El equilibrio vuelve a ser el mismo que atraviesa toda esta etapa: reducir aquello que hoy resulta difícil sostener, aunque hacerlo tenga un costo.

Reconstruir también la relación con el Municipio

La nueva comisión heredó además un vínculo desgastado con el Gobierno municipal.

“Había un desgaste muy grande en el diálogo entre el municipio y la comisión anterior”, admitió Gabutti.

La renovación pretende abrir también una nueva etapa en esa relación.

La asociación presentó una nota ante el Concejo de Representantes para comunicar formalmente quiénes integran la nueva conducción y cuáles son sus proyectos. “Por ahora no tenemos respuesta”, señaló.

El subsidio municipal previsto por ordenanza continúa vigente, aunque la institución considera necesario mejorar su monto para poder recuperar capacidad de funcionamiento.

“En la intención de poder mejorar ese monto hasta ahora no hubo respuesta”, agregó.

La necesidad de recomponer el diálogo no se limita al financiamiento.

El Refugio pretende discutir también articulación social, seguimiento de las personas asistidas y cómo se reparten responsabilidades entre la organización y el Estado.

“Estamos cumpliendo un rol que no nos corresponde”

Gabutti dejó en ese punto una de las definiciones políticas más fuertes de la entrevista.

“Estamos cumpliendo un rol que no nos corresponde a nosotros”, sostuvo.

Y profundizó: “Donde el Estado se va corriendo de los lugares, ahí estamos nosotros intentando cubrirlo”.

El planteo no significa que el Refugio pretenda abandonar la tarea.

Marca, en cambio, los límites de lo que puede hacer una organización sostenida esencialmente por voluntariado.

Puede ofrecer comida, ropa, higiene y escucha. Puede contener una emergencia. Pero no cuenta con una estructura permanente de psicólogos, trabajadores especializados, equipos interdisciplinarios ni presupuesto suficiente para realizar seguimientos integrales.

Allí aparece una diferencia fundamental entre asistir una urgencia y resolver las causas que llevaron a una persona hasta ella.

La nueva conducción quiere poder avanzar sobre esa segunda dimensión, pero entiende que eso requiere una articulación mucho mayor con políticas públicas.

Puentes y una pregunta todavía abierta

En medio de la etapa más crítica, el Municipio presentó el programa Puentes.

Gabutti evitó hacer una evaluación tajante porque, según explicó, el Refugio no dispone de información suficiente sobre su funcionamiento y alcance.

Sí planteó una inquietud concreta: “Las personas que deberían ser alcanzadas por este programa, no sé si les ha alcanzado o está llegando”.

La duda parte de algo que la institución observa cotidianamente.

Muchas de las personas que anteriormente podían pasar la noche en el Refugio continúan “deambulando por la ciudad”, según describió Gabutti, y durmiendo en lugares como la Costanera, debajo de puentes o en entradas de locales vacíos.

La suspensión del alojamiento no hizo desaparecer esa necesidad.

Simplemente dejó al Refugio sin capacidad para responder a ella durante la noche.

La institución, además, continúa entregando mensualmente al Municipio la información requerida sobre las personas atendidas.

“Todos los meses se entrega a tiempo y con las condiciones que se nos pusieron”, afirmó.

Esos registros incluyen datos personales y sociales, además de los motivos por los que cada persona solicita asistencia.

Lo que la conducción dice desconocer es qué ocurre posteriormente con esa información: si existe contacto, derivación, seguimiento o incorporación a otros programas.

“No tenemos forma de acceder o información al respecto”, señaló.

Voluntarios y pequeños aportes para volver a crecer

La posibilidad de recuperar servicios dependerá en buena medida de dos recursos que hoy resultan insuficientes: dinero y personas.

Sin la actividad de reciclado y con un subsidio que la institución considera insuficiente, el Refugio depende cada vez más de donaciones, socios y campañas solidarias.

La nueva conducción busca especialmente ampliar una base de aportes mensuales.

No necesariamente con contribuciones elevadas.

“Con un poco de dinero que alguien pueda aportar mensualmente de forma fija, es un montón”, explicó Gabutti.

Lucas Gabutti.

La regularidad permitiría planificar gastos con una previsibilidad que hoy no existe.

Pero el dinero por sí solo tampoco resuelve todo.

Hacen falta voluntarios para cocinar, ordenar, buscar donaciones, trasladar mercadería, organizar actividades, acompañar a las personas y cubrir horarios.

Y especialmente, si el objetivo es recuperar el alojamiento, serán necesarias personas dispuestas a asumir turnos nocturnos.

Ese es uno de los límites más concretos de la etapa actual: hay actividades que no pueden reabrirse simplemente porque no existe quién pueda sostenerlas.

Una población que cambia y una mirada social que pesa

La institución tampoco trabaja con una población fija.

“Todo el tiempo va mutando esa gente”, explicó Gabutti.

Alguien puede llegar después de perder un trabajo, sufrir un desalojo, romper un vínculo familiar, quedarse sin dinero para sostener una pensión o arribar a Villa Carlos Paz sin una red de apoyo.

Esa movilidad dificulta los seguimientos prolongados y obliga a responder permanentemente a situaciones nuevas.

A eso se agrega otro problema que la nueva conducción decidió abordar: el prejuicio.

Gabutti habló de “una mirada social bastante estigmatizante” y de “mucho prejuicio hacia la gente que va al Refugio”.

La institución comenzó incluso a trabajar esa cuestión con las propias personas asistidas.

Utilizaron comentarios publicados en redes sociales y opiniones expresadas públicamente como material para talleres en los que se discutió cómo se sienten al ser observados de esa manera y qué impacto tiene vivir bajo una sospecha permanente.

Es un trabajo menos visible que servir una cena, pero expresa el tipo de institución que la nueva conducción dice querer reconstruir.

Una que pueda atender la urgencia sin reducir a las personas a esa urgencia.

Cambiar para no desaparecer

El Refugio atraviesa hoy una paradoja difícil.

Para seguir siendo el Refugio tuvo que dejar, al menos temporalmente, de hacer algunas de las cosas que históricamente lo definieron.

No aloja. No recicla. Abre menos días y durante menos horas.

Pero sigue recibiendo a unas 50 personas por jornada. Sigue cocinando. Sigue entregando viandas, ropa y medicamentos. Sigue ofreciendo un lugar para bañarse. Sigue escuchando.

Y conserva algo que no puede reconstruirse con una ordenanza ni con un aporte económico inmediato: 28 años de reconocimiento como referencia para quien atraviesa una situación de extrema vulnerabilidad en Villa Carlos Paz.

“El Refugio sigue en pie”, resumió Gabutti.

La nueva comisión no sabe todavía cuánto podrá recuperar ni en qué plazos.

Tiene pendiente recomponer el vínculo con el Estado, fortalecer el financiamiento, sumar voluntarios, mejorar el edificio y volver a ofrecer alojamiento.

Pero tomó una decisión previa a todas esas metas: no permitir que la crisis termine abruptamente con una historia construida durante casi tres décadas.

“Nos reconvertiremos en otra cosa, pero como sea, vamos a seguir trabajando.”

Esa frase define mejor que ninguna otra el momento actual de la institución.

Cambiar lo necesario para sobrevivir, con la expectativa de volver a crecer sin abandonar la tarea solidaria que sostiene desde hace 28 años en Villa Carlos Paz.

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