Las elecciones legislativas dejaron un fuerte revés para el presidente estadounidense, cuyo partido perdió siete bancas en el Senado y más de veinte distritos en la Cámara de Representantes. Los demócratas consiguieron victorias históricas en estados tradicionalmente republicanos. El costo de vida, la guerra con Irán y el descontento con el Gobierno marcaron una jornada que cambiará el equilibrio político en Washington.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sufrió una contundente derrota política en las elecciones legislativas de medio término celebradas este martes 3 de noviembre. El Partido Demócrata recuperó el control del Senado y de la Cámara de Representantes, después de conseguir victorias inesperadas en territorios históricamente republicanos y capitalizar el creciente descontento con las políticas de la Casa Blanca.
El resultado representa un cambio profundo en el equilibrio de poder estadounidense. Después de dos años con mayorías republicanas en ambas cámaras, Trump deberá afrontar la segunda mitad de su mandato con un Congreso controlado por la oposición, que tendrá capacidad para bloquear iniciativas, impulsar investigaciones y condicionar buena parte de su agenda de gobierno.
Las proyecciones de Associated Press y Reuters confirmaron que los demócratas arrebataron siete bancas senatoriales a los republicanos, incluyendo triunfos históricos en Texas, Kansas y Carolina del Sur. También se impusieron en Iowa, Ohio, Carolina del Norte y Maine, estados que resultaron decisivos para modificar la composición de la Cámara alta.
Con esos resultados, el bloque demócrata y sus aliados independientes alcanzaba 54 escaños frente a 44 republicanos, mientras permanecían pendientes de definición algunas contiendas.
En la Cámara de Representantes, los demócratas también superaron las 218 bancas necesarias para alcanzar la mayoría. Las primeras proyecciones les adjudicaban al menos 228 escaños, después de conquistar más de veinte distritos que estaban en manos republicanas, mientras continuaba el escrutinio en otras circunscripciones.
La magnitud de las pérdidas sorprendió incluso a dirigentes demócratas, que habían concentrado buena parte de sus esfuerzos en recuperar la Cámara baja y consideraban considerablemente más difícil conseguir el control del Senado.
Victorias históricas en estados republicanos
Uno de los resultados más significativos se produjo en Texas, donde el demócrata James Talarico derrotó al republicano Ken Paxton, respaldado por Trump, y consiguió el primer triunfo de su partido en una elección estatal para el Senado en más de tres décadas.
La derrota republicana también alcanzó a la gobernación texana. La demócrata Gina Hinojosa desplazó del poder a Greg Abbott, quien había gobernado el estado durante tres mandatos.
En Kansas, Adam Hamilton derrotó al senador republicano Roger Marshall y se convirtió en el primer demócrata elegido para representar al estado en el Senado desde 1932.
Otro resultado inesperado llegó desde Carolina del Sur, donde Annie Andrews venció a Darline Graham, candidata respaldada por Trump, en un estado donde el mandatario había obtenido una ventaja cercana a los 18 puntos porcentuales durante las presidenciales de 2024.
La ofensiva demócrata también tuvo resultados favorables en otros distritos competitivos.
En Ohio, Sherrod Brown recuperó una banca para su partido al imponerse sobre el republicano Jon Husted. En Carolina del Norte, el exgobernador Roy Cooper ganó el escaño que dejaba vacante el republicano Thom Tillis.
En Iowa, Josh Turek derrotó a Ashley Hinson, mientras que en Maine el demócrata Troy Jackson puso fin a la extensa trayectoria parlamentaria de Susan Collins, quien llevaba tres décadas representando al estado en el Senado.
La jornada dejó además otros resultados relevantes. En Michigan, Abdul El-Sayed se convirtió en el primer musulmán elegido para integrar el Senado estadounidense, mientras que en Georgia el demócrata Jon Ossoff consiguió renovar su banca.
El avance opositor no se limitó a las regiones tradicionalmente competitivas. Los demócratas también recuperaron terreno en condados rurales, localidades de menores ingresos y comunidades de votantes latinos que habían acompañado a Trump en las últimas elecciones presidenciales.
El costo de vida y la guerra con Irán, entre las principales preocupaciones
El resultado electoral estuvo atravesado por un fuerte malestar económico y por el rechazo de una parte del electorado a las decisiones adoptadas por Trump durante los primeros dos años de su segundo mandato.
La persistencia de precios elevados, el encarecimiento de bienes de consumo y los efectos de la política arancelaria estadounidense ocuparon un lugar central en la campaña.
También influyó la guerra con Irán, cuestionada por sectores de la población debido a sus consecuencias económicas, su costo financiero y la incertidumbre sobre la continuidad del conflicto.
Los demócratas concentraron buena parte de sus mensajes en estos problemas, además de denunciar presuntos conflictos de intereses y cuestionar los negocios de integrantes del entorno presidencial.
Los republicanos, en cambio, priorizaron asuntos relacionados con la inmigración, la seguridad fronteriza y las disputas culturales, aunque esos temas no lograron revertir el predominio de las preocupaciones económicas entre los votantes.
Una encuesta realizada a la salida de los centros de votación mostró que aproximadamente la mitad de los electores consideraba estos comicios una oportunidad para expresar su rechazo a Trump.
El mismo relevamiento indicó que el 70% de los consultados quería que el Congreso ejerciera mayores controles sobre el Presidente, mientras que tres de cada cuatro manifestaron insatisfacción o enojo con el rumbo del país.
Los resultados también evidenciaron dificultades para los candidatos respaldados personalmente por Trump, cuya intervención en numerosas internas republicanas había resultado decisiva para definir las postulaciones.
Trump relativizó la derrota y después felicitó a los demócratas
La reacción del mandatario estadounidense tuvo distintas etapas durante la noche electoral.
Cuando comenzaron a confirmarse las primeras derrotas republicanas, Trump publicó un mensaje en su red Truth Social en el que atribuyó los resultados a su ausencia en las boletas.
«Yo no estaba en las boletas y, si hubiera estado, habríamos ganado por una enorme diferencia», sostuvo el Presidente.
La explicación contrastó con su participación activa en la campaña, durante la cual encabezó numerosos actos y pidió reiteradamente a sus seguidores que votaran como si él mismo estuviera compitiendo.
Posteriormente, en declaraciones a medios estadounidenses, Trump reconoció que los republicanos habían sufrido una derrota importante y admitió que la guerra con Irán pudo haber influido en el comportamiento del electorado, aunque defendió su decisión de iniciar el conflicto.
También felicitó a los demócratas por sus victorias y manifestó su disposición a trabajar con ellos en determinados asuntos.
«Felicito a los demócratas y espero trabajar con ellos por el bien de nuestro país», expresó durante una conversación con CBS News.
Sin embargo, advirtió que utilizará su poder de veto para impedir la aprobación de leyes que considere contrarias a su programa político.
Desde el Partido Demócrata, el líder de la bancada en el Senado, Chuck Schumer, celebró los resultados y sostuvo que representan una transformación generacional del mapa político estadounidense.
«Los estadounidenses votaron por un cambio y ahora los demócratas deben cumplir», afirmó.
Por su parte, Hakeem Jeffries, principal referente demócrata en la Cámara de Representantes, interpretó la victoria como una demanda de transformaciones profundas en la conducción del país.
Un Congreso opositor que limitará el poder presidencial
La nueva composición del Congreso modificará sustancialmente las condiciones políticas en las que Trump deberá desarrollar los últimos dos años de su presidencia.
Con el control de ambas cámaras, los demócratas podrán asumir la conducción de comisiones parlamentarias, convocar funcionarios, solicitar documentación e impulsar investigaciones sobre las decisiones del Ejecutivo.
También tendrán capacidad para bloquear iniciativas legislativas impulsadas por la Casa Blanca, especialmente aquellas vinculadas con impuestos, gastos públicos, inmigración y reformas institucionales.
En el Senado, la nueva mayoría podrá condicionar las designaciones propuestas por Trump para distintos cargos del Gobierno y del sistema judicial federal, incluidos eventuales nombramientos para la Corte Suprema.
El control de la Cámara de Representantes permitirá, además, intensificar la fiscalización de las políticas presidenciales y examinar posibles conflictos de intereses dentro de la administración.
Los dirigentes demócratas ya anticiparon que utilizarán esas facultades para investigar actuaciones de funcionarios y miembros del entorno presidencial, aunque todavía deberán definir las prioridades de su agenda parlamentaria.
El nuevo Congreso asumirá sus funciones en enero de 2027, cuando comenzará formalmente una etapa de gobierno dividido en Washington.
Trump conservará las atribuciones del Poder Ejecutivo, entre ellas la posibilidad de vetar leyes aprobadas por el Congreso, pero perderá las mayorías legislativas que facilitaron la implementación de buena parte de su programa durante los primeros dos años de gestión.
La derrota también tendrá consecuencias dentro del Partido Republicano, donde el resultado reavivó los cuestionamientos a la estrategia electoral presidencial y abrió nuevas discusiones sobre el liderazgo de Trump de cara a las elecciones de 2028.
El cambio de mayorías parlamentarias establece así un nuevo escenario para la política estadounidense, con una oposición fortalecida y una Casa Blanca obligada a negociar en un Congreso que ya no estará bajo su control.
