Por Hernani Natale | Télam


Con la gran virtud de sepultar los prejuicios que vaticinaban una reescritura de la historia oficial para matizar una serie de eventos que siempre fueron caracterizados como traumáticos, el oscarizado director neozelandés Peter Jackson ofrece de manera magistral en “Get Back”, la serie de tres capítulos cuya primera entrega se estrenó este jueves en Disney+, la ilusión de ver de cerca a Los Beatles en pleno proceso creativo.

Lejos de alterar el espíritu del original documental “Let It Be” (1970), de Michael Lindsay-Hogg, esta relectura de Jackson a los alrededor de 60 horas de cintas encontradas de aquel proyecto de enero de 1969, con su duración total de casi ocho horas, entrega un lógico mayor acercamiento a cada acontecimiento respecto a la cinta inmortalizada por retratar con crudeza el final de la legendaria banda.

Pero este nivel extremo de detalles, que al igual que la película de 1970 prescinde de un narrador y construye su relato a partir de la compaginación de imágenes con sonido de ambiente; se organiza además en este caso con una serie de recursos, como ir mostrando un calendario para situar cada día en que sucedían los hechos; o apelar a imágenes ilustrativas y carteles explicativos.

Por supuesto que esto permite que el documental sea lo suficientemente elocuente para el espectador que no esté tan empapado en los entretelones de estas cintas que muestran a Los Beatles en toda la etapa de preparación del disco “Let It Be”, que planeaba ser un registro discográfico de la banda tocando en vivo, lo que culminó en el mítico concierto en la terraza de las oficinas de Apple.

Allí conocerá la historia de este proyecto, cuando con más de tres años fuera de los escenarios y una concentración exclusiva en el estudio de grabación que provocó cambios radicales en la música contemporánea, Los Beatles deciden volver a las raíces, dejando de lado los artilugios técnicos y recuperando la simpleza y el vigor de las actuaciones en vivo.

Así se reunirá con el objetivo de preparar material original para la actuación en los estudios de cine Twickenham, en donde las cosas no funcionarán del todo bien y llevarán a la renuncia de Harrison; pero finalmente se mudan a sus oficinas de Apple, suman al tecladista Billy Preston y, ante la falta de acuerdo en la locación, deciden ofrecer un improvisado concierto en la terraza del lugar, en la que se convertiría sin saberlo en la última actuación conjunta.

Pero seguramente este trabajo opere de manera diferente en cada espectador de acuerdo a su grado de conocimiento e interés en la popular banda de Liverpool. La realidad es que cuesta un poco aventurar que un público no fanatizado consuma más de siete horas de una película sobre un grupo que intenta armar un puñado de canciones originales, ensaya, se divierte entre sí con sus complicidades y debaten sobre la locación de su próximo show.

Los entretelones de la banda

El fan de Los Beatles se deleitará sin dudas con la genialidad y la conexión intacta de cuatro artistas que funcionaban como una unidad creadora desde varios años y que esa magia era la que los mantenía unidos, a pesar de las diferentes inquietudes profesionales y personales de cada uno.

Allí verá las payasadas de John Lennon, la claridad musical de Paul McCartney, el invalorable y silencioso aporte de George Harrison, y la bonhomía y buena predisposición de Ringo Starr; a la vez que disfrutará al comprobar cómo las canciones tomaban forma a partir de las intervenciones de cada uno de ellos.

Se asistirá de esta manera al nacimiento y la construcción paso a paso de clásicos como “Get Back”, “Don´t Let Me Down” o “I´ve Got a Feeling”; la recuperación de composiciones perdidas de la primera época como “One After 909”; y también se podrán apreciar joyas como el germen de temas que luego aparecerían en sus discos solistas, caso “Gimme Some Truth”, de Lennon; o “All Thing Must Pass”, de Harrison.

A la vez, el fan reconocerá a colaboradores estrechos del grupo, como el leal y todoterreno asistente Mal Evans, el tolerante jefe de prensa Derek Taylor, el productor George Martin y el ingeniero Glyn Jones, entre tantos; y a las familias de los integrantes de Los Beatles.

Lo que no deja lugar a dudas es que cualquiera sea el público y el tiempo que le dedique al consumo del documental o su mirada, todos encontrarán regocijo en diversos pasajes en donde la camaradería se muestra intacta a la hora de tocar y en momentos de esparcimiento, como cuando se repasan viejos rocanroles o se recrea la canción de algún artista, en muchos casos con imitaciones incluidas.

Como la cinta de Lindsay-Hogg retrataba momentos excitantes de música, malestar respecto a la locación elegida en un primer momento, pasajes atravesados por el tedio y algunos encontronazos y el cambio de humor cuando aparece Preston, se mudan a Apple y las composiciones empiezan a tomar forma; la lectura de Jackson no se mueve de ese eje.

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