Por Orco Quebracho

Vivimos en un modelo agroindustrial, significa una agricultura con semillas modificadas genéticamente, son las semillas llamadas  transgénicas ellas vienen acompañadas por un complejo de agroquímicos, que en realidad son agrotóxicos porque enferman y pueden matar.

Este  modelo de producción muy dependiente de agroquímicos, da cuenta que los dueños de las semillas son los mismos dueños de los agroquímicos. La dimensión de esa concentración a escala planetaria, y el modo en que se aceleró en los últimos años, mueve al asombro: “Para 2005 la multinacional Monsanto había adquirido 27 empresas semilleras en el mundo, Bayer 21, Dow 12, Dupont 51, y Syngenta 20. De ese modo se aseguraron unir a la semilla con el paquete tecnológico que ellas mismas vendían al mercado.  En 2018 Bayer adquirió Monsanto, DOW y Dupont se fusionaron y Chemchina (la gigante agroquímica China) adquirió Syngenta y una de las semilleras argentinas más importantes, Nidera”.

De este modelo de agronegocios se desprende que hoy en todo el mundo existen sólo tres empresas que concentran el 60 % de las ventas de semillas y el 70 % de los agroquímicos.

Las fumigaciones aéreas con agrotóxicos han duplicado casos de cáncer, leucemia, hipertiroidismo, dermatitis, severos casos de malformaciones y problemas renales entre otros.

La semilla no es un insumo más en la agricultura, sino que es la llave más importante que determina el modo en que se producen los alimentos y, finalmente, qué es lo que come la sociedad en su conjunto. 

De la genética de la semilla depende el cuándo y el cómo se siembra, se maneja y se cosecha el cultivo.

Los proyectos de modificación de la ley de semillas plantearon en el 2019 quitarle el derecho de uso propio de las semillas a los agricultores. Es decir, el productor debe volver a pagar si quiere sembrar la semilla que cosechó, se transfiere un beneficio de los agricultores a la industria semillera.

Como resultaría muy difícil sostener lisa y llanamente esta quita de derechos a los pequeños productores, el proyecto hablaba de “excepciones” para los pueblos originarios y la agricultura familiar.

Pero si en paralelo se les quita todo el apoyo técnico, si se intenta permanentemente desplazarlos de sus tierras, carece de sentido hablar de excepciones.

La controvertida modificación a la Ley de Semillas fue frenada finalmente por los movimientos de Soberanía Alimentaria.

No hay Soberanía Alimentaria sin semillas.

Debatir la Ley de Semillas nos debe dar la oportunidad para decidir de qué modo queremos producir, no puede ser un medio para que el país pierda más soberanía.

Todes comemos los mismos alimentos pero quién  conoce lo que come, de qué semilla viene, cuántos agroquímicos tiene, cuánto veneno estamos comiendo.

Las experiencias de producción colectiva  son necesarias para construir un proyecto con la agroecología como herramienta y soberanía alimentaria como horizonte.

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