Alrededor de 50.000 años atrás, una falla geológica dio origen a un dique natural que contuvo el agua proveniente de los ríos Dulce, Suquía y Xanaes. Así nació la laguna Mar Chiquita, rica en minerales que explican su nivel de salinidad, y que desde hace décadas lleva a personas de todas las latitudes hasta la localidad cordobesa de Miramar.

El esplendor turístico de mediados del siglo pasado, que se vio opacado con la gran inundación de 1970, dio lugar a un nuevo panorama, convirtiendo al Gran Hotel Viena y al Hotel Copacabana en ruinas que atraen año a año a familias y contingentes. Y también continuó siendo, cada vez más, un destino ideal para practicar distintos deportes náuticos.

La historia y las actividades deportivas del pueblo ribereño se cruzan con una fauna increíble, permitiendo una actividad cuyo número de seguidores va in crescendo: el avistaje de centenares de especies de aves. Muchas de ellas tienen la particularidad de responder al fenómeno migratorio, viajando desde lugares extremos, como el sur de Argentina o la lejana Alaska, hasta la región de Ansenuza. Cisnes, rayadores, patos, espátulas rosadas, biguaes, gaviotas y cuervillos en grandes números se mezclan con flamencos, parinas, tijeretas, golondrinas y plateados.

Esta experiencia de contacto con la naturaleza –que puede vivirse caminando desde las playas o embarcados en plena Mar Chiquita y que se potencia con un par de binoculares a mano o una cámara de fotos– se complementa con los atardeceres únicos que regala el sol al esconderse en el horizonte, bañando la laguna y convirtiéndola en un inmenso espejo dorado.

Sobran las razones para considerar a Mar Chiquita como una de las maravillas naturales de la provincia de Córdoba, además de uno de los humedales salinos más grandes y cautivantes del mundo.

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