Por Sebastián Stanganelli

Agosto se nos avecina. El mes del viento arroga en sus arremolinados bramidos la arenga que nos ladea, como hojitas de un algarrobo, para pendular en el subi-baja de proyectar reflexionando. De brisas que entretejen pensamientos esperando las lluvias. Con la paciencia de la vertiente, que entre las piedras, añora la abundancia del aguacero. Con la ancestralidad con la que una semilla abandona el poncho de su chaucha para expandirse a la vida. Con la esperanza con que todxs ansiamos volver a vernos en una ronda de mates y abrazos.  Agosto, es Pachamama.

Desde la cultura Quechua y Aymara, Pachamama es la madre tierra. Los cimientos mismos del cosmos. Contiene todas las fuerzas sagradas, que se manifiestan en montes, bosques, vegetación y aguas. Es el lugar y el tiempo, el espacio primordial. Todo lo sostiene, es la base de la vida misma en el más amplio sentido.

Sea quizás menester comprender en dónde radica la importancia de sentirnos hijxs de ella. Respetando sus ciclos y conviviendo con otras formas de existencia, tanto del mundo natural como espiritual. La madre tierra nos obsequia alimentos y salud, dos pilares que han cobrado notoria trascendencia en este contexto de pandemia mundial.

Alimentarse es, también, un acto de reproducción cultural, identitario. Poder enfocarlo desde ésta perspectiva puede ser una herramienta que nos ayude a desarticular una dinámica de pensamiento que está anclada en un sistema que, a la postre, resulta insuficiente tanto ambiental como socialmente. Donde el grueso de los asentamientos poblacionales ha echado raíces en las ciudades, y parece afianzarse un ideario que predica que la comida viene de un supermercado, el agua nace de una canilla y la basura desaparece dentro de un camión recolector.

Afortunadamente esta celebración de origen andino ha volado como samponia en el viento a diferentes paisajes. Tanto en el campo como en la ciudad, nuestra madre tierra está presente. Ha ido cobrando así un fuerte arraigo también en ámbitos citadinos, donde vemos cada vez más abrir la boca de la Pacha en un pedacito de tierra para entregar nuestras ofrendas. El ritual es ancestral pero no es algo del pasado, tiene hoy total vigencia.

Si bien el 1 de agosto se toma como fecha de referencia, las actividades suelen extenderse por todo el mes. En Córdoba, desde el Instituto de Culturas Aborígenes (ICA) se estarán realizando diferentes convites en alusión al mes de la Pachamama. Sugerimos entonces, buceen desde las redes sociales las diferentes propuestas para poder seguirlas desde la virtualidad.

Ojalá el distanciamiento social que atravesamos nos encuentre más conectados con la Madre Tierra. Que el esperado reencuentro nos pesque repensando y sintiéndonos parte, agradeciendo y escuchando.

La Pacha así lo amerita.

Nota correspondiente a la edición n° 555 del periódico La Jornada, del 29 de junio de 2020.

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