Por Sebastián Stanganelli

En la maratónica dinámica en la que nos vemos sumergidxs en los tiempos que corren, y vaya si lo hace muy rápido, pareciera haber poco espacio para la reflexión. Sobre todo cuando se trata de rumear aquellas prácticas que venimos repitiendo de manera autómata, por generaciones, aquerenciando una pesada mochila de conceptos y con una sociedad globalizada que lo afianza. No sólo desde las instituciones, sino también desde todos aquellos generadores de consumo y materialismo.

¿Nos preguntamos alguna vez por qué festejamos el año nuevo en Enero? ¿Por qué comemos nueces, turrones y chocolate con 35 grados de temperatura? ¿Cómo la pasará ese hombre de traje rojo y botas, que llega en un trineo para la nieve repartiendo regalos hechos en China?

Sea quizás el momento de re-pensar otra forma de vincularnos con las celebraciones. Una manera más armónica con estas latitudes, con nuestra tierra. Más conectada a nuestra ancestralidad, muchas veces invisibilizada por un relato que de ingenuo poco tiene. Más ligada al entorno que nos rodea, del cual también somos parte.

Por esta fecha, se gesta desde tiempos inmemorables la celebración del Inti Raymi. Un acontecimiento festivo del imperio incaico, asociado a la dinámica propia y al ciclo de la vida en la región, donde los habitantes se consideraban justamente ¨hijos del sol¨. Duraba al menos 2 o 3 semanas y tenía como centro al Cusco del actual Perú. Allí se llevaban ofrendas de todo lo que se producía, donde además se conjugaba con baile y música de su cultura. Así se prepara la llegada de un nuevo tiempo, un nuevo ciclo en el Solsticio de invierno. La fiesta del Sol recuerda quién es el generador de los buenos frutos, del buen vivir. Da calor a nuestra existencia y armoniza nuestra vida.

El Inti Raymi fue transhumando los diferentes paisajes culturales de Latinoamérica, despertando la esperanza de los hombres como algo mágico. Lo sagrado y lo espiritual vibran como un kultrun en los pueblos originarios, de los que se hizo eco.

En la ciudad de Córdoba, hace ya muchos años, desde el Instituto de Culturas Aborígenes (ICA) se organiza colectivamente la llegada del nuevo año. Así la energía creadora permite no sólo participar del encuentro, sino también traer a la memoria colectiva aquello que se ha negado. Este año el confinamiento que nos envuelve en el fantasmagórico momento que atravesamos, no ha sido un impedimento para su desarrollo. El sábado 20 de junio, desde su página de Facebook el ICA brindó el convite en una maravillosa propuesta, en la que no escasearon charlas con referentes, docentes y estudiantes.

Para quienes gusten seguir poniendo en tensión cuestiones relacionadas a lo expuesto, pueden sumarse este jueves 25 de junio a un conversatorio del mismo Instituto sobre el ideario Mapuce. Quizás duela abrir los ojos después de tenerlos cerrados por tanto tiempo. Luego, lentamente, tal vez sólo moleste. Pero vale la pena el esfuerzo, porque lo que nos espera precisamente al terminar de abrirlos es sentir el calor de esa luz que nos abraza, la del Sol que nos ilumina.

Nota correspondiente a la edición n° 554 del periódico La Jornada, del 24 de junio de 2020.

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