Por Agustina Sosa

Es probable que, mientras me sirvo una taza de té, Natalia, de 11 años, tenga frío esta noche. En Río Segundo, Córdoba, la temperatura es de 3 grados en este momento, y la familia de Natalia no tiene luz eléctrica, ni mucho menos gas natural. La conocí porque una tía me pidió si tenía un teléfono celular para ella: “Es escolta en su escuela, y está preocupada porque debe enviarle la tarea a la señorita por WhatsApp y no tiene cómo hacerlo”. Así que gracias a un par de publicaciones en las redes sociales (que muchas veces sirven para algo más que opinar o discutir) una excompañera del secundario, Lucía, me avisó que podía donarle uno. Hasta acá, parece una de esas tantas historias que brindan con el discurso de la meritocracia, y que pregonan que -si te esforzás- podés ser escolta de tu escuela, por más que no tengas casi ninguna de tus necesidades básicas resueltas.

Pero no. No conjugo con ese discurso ni es la intención de esta nota. La intención de esta nota es hablar sobre la angustia (¿existen distintos tipos de angustias?) que se vive en la pandemia y los privilegios (palabra que tanto se ha instalado) en plena crisis humana. Y humanitaria.

En su última conferencia de prensa, el presidente Alberto Fernández anunció que la cuarentena se extiende hasta el 7 de junio. Ante los insistentes y pocos creativos interrogantes de la mayoría de los periodistas, que hablaban sobre la “angustia de la cuarentena”, el mandatario fue categórico: “Dejen de sembrar angustia; angustioso es que el Estado te abandone”. A partir de esta definición, se abrió un debate que se pudo ver plasmado en las redes sociales por parte de quienes consideran que el gobierno debería contemplar o explayarse mejor sobre la angustia que provoca el encierro, y quiénes consideran que hay cosas peores que ese sentimiento, como enfermarse o la muerte.

Sucede que, como no todos opinamos absolutamente lo mismo (y porque afortunadamente existen los grises y los matices) negar la existencia de la angustia que sentimos, a esta altura sería absurdo; ponerla en primer lugar como argumento lo suficientemente válido para abandonar la cuarentena, frente a un número creciente de contagios y muertes generalmente en los sectores más vulnerables y vulnerados, sería perjudicial y suicida. Pero la “angustia” se ha instalado entre las razones por las cuales, según muchas de las personas que se oponen a la cuarentena, consideran que deberíamos salir de ella: desde comentarios de distintos profesionales en las redes sociales, también estudiantes, como así también periodistas que reclaman el derecho a conocer sobrinas recién nacidas.

Ahora bien, la angustia existe y la sentimos. Y probablemente lo que deberíamos dejar en claro, es que quiénes defendemos la decisión de seguir en cuarentena o la consideramos lógica, no estamos ajenos a dicha sensación, ni a los llantos silenciosos en el baño que los adultos solemos llevar a cabo, ni al insomnio en forma de pesadas preguntas sin respuestas que intentamos silenciar bajo la almohada. Pero pareciera que no alcanza con reconocer y sentir esa angustia, sino que tenemos que, además, justificar que la sentimos a pesar del supuesto “privilegio de clase”. Este es un razonamiento que algunos tiran en palabras escritas, como si fuese una razón lo suficiente sólida como para no tener derecho a considerar la cuarentena un motivo válido para pelear contra un virus de rápida transmisión, invisible a nuestros ojos, desconocido por la comunidad científica.

Cuestión de privilegios

Hablé con Natalia y su mamá. Les pregunté si podían enviar las tareas a las maestras desde el celular y me dijeron que no siempre, que a veces es complicado, que no hay ganas de levantarse a clases y que es difícil compartir un teléfono celular entre dos alumnas de colegio primario y una de secundario. Inevitablemente, la más perjudicada es la hermanita que asiste al colegio secundario, por la mayor cantidad de tareas y materias (es muy difícil no atrasarse en esta situación). Pero Natalia estaba al tanto de los deberes: escribir una historia sobre el 25 de Mayo. Además, me contó que la forma de comunicación con las seños es a través de WhatsApp y videollamadas que ellas anuncian previamente.

Su madre me dijo que la nena era primera escolta hasta el año pasado, y que asiste a una escuela rural de pocos alumnos: no más de 17. Les pregunté cómo estaban económicamente y me dijo: “No la llevamos bien, pero remando”. El padre de la familia se dedica a hacer changas, fundamentalmente a cortar el pasto, y en este momento es casi imposible. Pero también les pregunté si reciben alguna ayuda de los gobiernos y me comentaron que cobran la AUH (Asignación Universal por Hijo) y además “la ayuda que dieron hace poco, ahora estamos esperando la de junio”, refiriéndose al IFE (Ingreso Familiar de Emergencia). Sin duda no alcanza –pensé- pero más angustioso sería que el Estado los abandonara completamente.

Frente a ese contexto, o esas realidades, la mía definitivamente resuena privilegiada. Y hasta se siente algo parecido a una angustia privilegiada, una angustia distinta, en caso de que pudiese existir tal cosa. ¿Existen distintos niveles de angustia? ¿Existen angustias permitidas y otras no tanto?

El pasado viernes a la tarde fui al supermercado a hacer compras para mi abuela. Cuando llegué, mientras desembolsaba las verduras y las frutas, las lavaba, y desinfectaba con el rociador lleno de agua y alcohol el resto de la mercadería, mi abuela me miraba desde la mesa y me preguntaba: “¿Por qué no querés sentarte a merendar conmigo?”. Le conté como quien cuenta por primera vez un cuento, que afuera hay un virus y que no podemos acercarnos ni abrazarnos. Me miró triste, como quien escucha ese cuento penoso por primera vez, y me dijo: “Qué feo eso, nena”. Mi abuela tiene Alzheimer y la vida se vuelve un cuento que se cuenta una y otra vez. Y poner en palabras lo que está pasando en el mundo con el coronavirus a alguien que se encuentra mentalmente ajeno a ello, es fuerte, doloroso y raro. Y digo: “Ajena mentalmente” y no “físicamente” porque estoy convencida de que mi abuela siente, como casi todas las abuelas del planeta en este momento, la ausencia de los abrazos, los besos, las caricias en el pelo o las galletitas compartidas junto al té en la mesa.

Cuando volví a mi casa, caminé tropezando con mi angustia y la bolsa del súper hasta que en el lavadero –lugar donde hemos decidido dejar los barbijos que nos quitamos luego de lavarnos las manos con jabón blanco- se abrieron las “compuertas del llanto” (como decía Oliverio Girondo) y simplemente me dejé llorar. Y lloré a pesar de tener abuelas y meriendas, una casa calentita y celular más computadoras para clases virtuales. Y también lloré por tener abuelas y meriendas, y casa calentita, celulares y computadoras aun cuando otros no tienen nada de eso y no pueden acceder tan fácilmente a las aulas virtuales.

Me calmé entendiendo que está bien darle lugar a la angustia habitándola desde todos los lugares del cuerpo y también de la casa. Y me replanteé si está bien defender que el presidente y los médicos infectólogos sostengan la cuarentena como medida. Me pregunté si era lindo para mis abuelas, para mis viejos y mis tíos que no pueden verlas; si era lo mejor para Natalia y su capacidad de asistir a la escuela y construir los cimientos de otra realidad; si era privilegiada por poder darme el lujo de hacerme esos interrogantes y tomarme el tiempo para buscar las respuestas…

Y me respondí que quizás no sea lo más lindo, ni lo ideal, ni lo justo. Quizás la angustia llegó para quedarse y caminar a través de ella en esta nebulosa que nos nubla de incertidumbres arrebatándonos hasta las más pequeñas certezas. Pero de una cosa estoy segura, no tengo dudas, y en cambio un gran convencimiento: estar físicamente, por lo menos, a un metro y medio es lo único que puedo hacer para intentar salvarles la vida. Quedarme en mi casa el mayor tiempo posible es un privilegio que evita la circulación de un padecimiento mayor. Porque el Covid-19 no se combate haciendo un recuento solamente de casos individuales, de mi historia personal en primer lugar o de suma de individualidades. Para salir de esta pandemia tenemos que pensarnos social y colectivamente.

Y, principalmente, tenernos paciencia.

Foto Associated Press

Nota correspondiente a la edición n° 553 del periódico La Jornada, del 27 de mayo de 2020.

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