Por Agustina Sosa

El domingo 10 de noviembre, Evo Morales renunciaba después de estar 13 años al frente del Estado Plurinacional de Bolivia. Dicho de ese modo, uno podría pensar que la renuncia del por entonces presidente elegido democráticamente se daba en marco de un contexto pacífico, pero lo cierto es que esa renuncia fue producto de presiones directas por parte de las Fuerzas Armadas y la Policía. A un nivel más indirecto, podríamos decir que las presiones vinieron por parte de la Organización de los Estados Americanos (OEA), al exigir la anulación de las elecciones presidenciales realizadas en octubre, que dieron como ganador a Morales por un 47,08%. Como sea, una noción debe quedarnos más que clara: en Bolivia hubo un Golpe de Estado.

Los días previos

El 20 de octubre de 2019 se realizaron las elecciones presidenciales en Bolivia. El por entonces jefe de Estado, Evo Morales, buscaba obtener un cuarto mandato luego de 13 años de estar en el gobierno. En la vereda opuesta, Carlos Mesa, expresidente durante los años 2003 y 2005, se posicionaba como principal opositor de derecha.

Si bien el conteo definitivo dio como ganador a Evo Morales con el 47,08% de los votos sobre el 36,51% de Carlos Mesa, la cosa no terminó ahí. La noche de la elección, con el conteo provisorio en el 83%, Carlos Mesa anunció que habría segunda vuelta. En ese momento Evo Morales contaba con el 45,71% de los votos y Mesa con el 37,84%. Siendo que en ese país, la regla es que el ganador es quien llegue al 50% o aventaje al segundo por 10 puntos, un escenario de ballotage era verosímil. Y en cualquier elección puede suponerse que el 83% indicaría una tendencia irreversible, pero el 17% que restaba escrutar representaba mayoritariamente a las zonas rurales y en esas áreas la adhesión al Movimiento al Socialismo (MAS) registra récords superiores al 95%. En ese momento, Morales aseguró que esperaría el conteo de las actas provenientes de las poblaciones rurales. Pero ahí fue cuando el diablo metió la cola.

El lunes 21, al día siguiente de la elección, Comunidad Ciudadana (la fuerza que llevaba a Mesa como candidato) denunció irregularidades en la Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP): el argumento fue que se había interrumpido el conteo preliminar y que ya no resultaba confiable el resultado arrojado.

A partir de entonces el reclamo de una segunda vuelta fue reemplazado y la nueva exigencia fue anular la elección. Y aunque la fuerza de Morales accedió a someter la elección a una auditoría conformada por la OEA y especialistas de diversos países, la respuesta opositora pasó de la intransigencia al capricho. Ahora querían anular la elección y prohibir al MAS participar en la nueva elección.

El miércoles 23 de octubre, Morales denuncia que estaba en marcha un golpe de Estado con apoyo de Estados Unidos. No tardan en aparecer las huelgas y manifestaciones, como así también los enfrentamientos entre sus partidarios y los militantes de derecha.

El jueves 24 de octubre, el candidato opositor Carlos Mesa convoca a manifestaciones denunciando que Morales no respetaba la Constitución. Mientras tanto, el conteo oficial de las elecciones pasadas posiciona a Morales como ganador en primera vuelta, obteniendo el 47,08% frente a un 36,51% de Mesa.

El vergonzoso y peligroso rol de la OEA

Evo Morales denunció que tanto Luis Almagro, secretario General de la OEA, como el organismo en su totalidad, se sumaron y fueron partícipes del golpe de Estado. Es que a pesar de los resultados obtenidos en las elecciones, tanto desde la oposición como desde la OEA, la Unión Europea, el presidente de los Estados Unidos como así también integrantes de los gobiernos actuales de Colombia y Argentina, conjugaron en aquel momento su pedido para exigir un absurdo balotaje. 

Quizás uno de los rasgos más llamativos de esta militancia activa en contra del gobierno de Morales, sea el que tuvo lugar en las redes sociales. Tal es el caso de Luis Almagro, quien a través de su cuenta en la red social Twitter (@Almagro_OEA2015), se pronunció diariamente a través de denuncias con lo que -en su criterio- se trataba de  un fraude electoral a favor de Evo Morales. Lo más sorprendente del caso es que, paralelamente, un inmenso y creciente atropello a los Derechos Humanos se estaba llevando a cabo en Chile por parte del gobierno de Sebastián Piñera. Pero el silencio de la OEA era ensordecedor, a pesar de los pedidos de distintos referentes y usuarios de las redes sociales oriundos de distintas partes de Latinoamérica.

El amargo noviembre boliviano

Los primeros días de noviembre, el líder opositor Luis Fernando Camacho, convoca al ejército y a las fuerzas policiales a “ponerse del lado de la gente” y exige la renuncia de Evo Morales. Se intensifican los enfrentamientos entre los ciudadanos, principalmente en Cochabamba. A estos enfrentamientos se le suman los incendios de edificios municipales, y el incendio de la casa de la hermana de Morales en la ciudad de Oruro. A la alcaldesa del MAS, Patricia Arce Guzmán, manifestantes de derecha le obligan a caminar descalza por el pueblo, cubierta de pintura roja, mientras es sometida a agravios e insultos. Lo que siguió fue una reacción en cadena por parte de unidades policiales que deciden amotinarse en Cochabamba, Sucre y Santa Cruz. Esta situación culmina el domingo 10 de noviembre con el pedido de renuncia a Evo Morales por parte de las Fuerzas Armadas y policiales, televisado y transmitido por todos los medios, a pesar de que Morales había llamado a nuevas elecciones por la mañana, en un intento de buscar una salida pacífica a esta trágica situación.

Un golpe anclado en el racismo

Quiénes han tenido la oportunidad de vivir y conocer Bolivia, advierten que hay dos regiones muy marcadas: “el oriente, verde, fértil, agroganadero lindante con la amazonía brasileña y el occidente árido, montañoso, tierra de minas en la cordillera de los Andes”. Además, aclaran que esta distinción no es arbitraria ni estrictamente topográfica; la disputa entre ambos sectores geográficos ha sido -históricamente- de orden cultural y económico: la administración está en el occidente pero la mayor producción de riquezas, explotación gasífera mediante, está en el oriente. Y el oriente ha rechazado por siglos las expresiones culturales andinas. Al punto de despreciar a las mujeres de pollera, reducirlas a las labores de servidumbre y muchas veces golpearlas si es que osaban acercarse al centro de ciudades como Santa Cruz de la Sierra. Tal ha sido siempre la virulencia del racismo que en 2011, la administración de Evo Morales promulgó la ley contra el racismo y toda forma de discriminación.

Tal vez por esa razón no deba sorprendernos que Luis Fernando Camacho, el líder opositor más conocido actualmente, tomó como primera “medida” luego del golpe de Estado, colocar un escrito sobre una biblia apoyada encima de la bandera boliviana en el piso de la Casa de Gobierno. En este acto simbólico cuya fotografía recorrió el mundo, la derecha boliviana estaba diciéndonos que la guerra de clases y el odio hacia los pueblos originarios, sus culturas y sus religiones sigue imperando en una gran parte de la sociedad que se aferra al catolicismo, evangelismo y los rasgos y costumbres “occidentales”.

¿Pero quién es Camacho?

Según fuentes especializadas, hasta entonces pocos lo conocían fuera de Santa Cruz. Luis Fernando Camacho Vaca es el presidente del Comité Pro Santa Cruz o, como también lo llaman, “presidente moral de los cruceños” desde febrero. Proviene de una familia de millonarios dueños del grupo Nacional Vida S.A. y algunos informes periodísticos aseguran que su familia tiene una deuda millonaria con el Estado boliviano por negocios vinculados a la distribución del gas, anterior a la nacionalización de los hidrocarburos. Además, fue señalado como intermediario en los Panamá Papers entre los lavadores de dinero y el bufete Mossack Fonseca.

Hombre profundamente católico pero íntimamente ligado a los pastores evangélicos, en una oportunidad abrió su alocución agradeciéndole a Dios “por estar unidos por la libertad y la democracia” y agregó que “el odio de un dictador fue el que unió a los bolivianos”. Como muchos opositores, Camacho es un convencido de que el racismo en Bolivia se reduce a la discusión sobre el racismo y que el primero de los racistas es Evo Morales por plantear el tema. Sin embargo, nunca hay un campesino o una mujer de pollera en su entorno. En varias oportunidades se lo pudo ver flanqueado por una imagen de la virgen María con el niño y trepado a una tarima que le permitió llegar a la altura del atril arengando a la muchedumbre y acusando a “los masistas” de los problemas con la basura y la violencia. También les pide a sus seguidores ponerse de rodillas para rezar un padre nuestro y prender la luz de los celulares “que es esa luz que tenemos al final del túnel”. Es en ese clima de éxtasis religioso colectivo que Camacho rindió homenaje a los primeros dos muertos que arroja esta crisis política. El orador dijo, en una ocasión: “Creo que es necesario que nosotros tomemos decisiones mucho más duras para que podamos consolidar el pedido de la renuncia. Por eso quiero, y espero que esté mirando la tele, para decirle al tirano que tiene 48 horas ‘pa renunciar” (Refiriéndose a Evo Morales).

Desde entonces, con idas y vueltas, enfrentamientos mediáticos y desafíos en redes sociales Camacho supo monopolizar las noticias y liderar la rebelión opositora dejando a Carlos Mesa -quien quedó segundo en la votación- en un aislamiento notable y virtualmente fuera de carrera.

Fuentes del lugar aseguran que “la hiper-polarización boliviana es más ideológica que política, más racial que política y más religiosa que política”.

La sed por el litio

Además del evidente intento de dar marcha atrás a los logros obtenidos durante las gestiones de Evo Morales y su vicepresidente, el intelectual Álvaro García Linera, el propósito de este sangriento y repudiable golpe de Estado es la obtención del litio. Cabe destacar que el 75% de las reservas globales de este mineral se encuentran en el triángulo Bolivia-Chile-Argentina, y es frecuentemente utilizado por las multinacionales estadounidenses y canadienses para la elaboración de baterías de autos eléctricos como así también de teléfonos inteligentes (smartphones).

Estas empresas multinacionales ya habían dado señales de alerta al visualizar el acuerdo que el mandatario de Bolivia había realizado con China por mil millones de dólares para la explotación del mineral. Además, previo a este acuerdo, tuvo lugar el lanzamiento del auto eléctrico Quantum, de fabricación boliviana, gracias a una asociación de la empresa estatal Yacimientos de Litio Bolivianos (YLB) con Quantum Motors, de la ciudad de Cochabamba.

Una vez efectuado el golpe de Estado, distintas mineras -principalmente norteamericanas- volvieron a poner el foco en conseguir derechos para explotar el Salar de Uyuni, primera reserva global de litio.

Cuando gobierna la crueldad

Jeanine Áñez, autoproclamada gobernante actual del Estado Plurinacional de Bolivia en una suerte de “gobierno transitorio”, está siendo partícipe de una masacre al pueblo boliviano. Según la Defensoría del Pueblo de Bolivia, al día de la fecha ya se han confirmado 32 muertos por la represión, pero es un número que lamentablemente seguirá creciendo.

Además de los asesinatos, este golpe de Estado tiene las características más violentas y crueles que se hayan visto en nuestra región hace muchos años. Disparos a sangre fría, humillaciones, represión sin límites y una censura y violencia contra la prensa nacional e internacional poco antes vista. ¿El motivo? Evitar que el atropello sistemático a los derechos de los bolivianos trascienda a nivel mundial.

Interesante es el rol de las redes sociales, que están siendo en la actualidad (tanto en el caso de Bolivia, como así también Chile y Colombia) una forma de viralizar y difundir mediante videos, relatos y fotografías el horror que se lleva a cabo en el país vecino.

Por estos momentos, el final de esta dramática historia está abierto como las venas de este sector del continente, que no paran de sangrar. Cómo hacer frente al imperialismo de siempre pero más salvaje serán las claves de los próximos años, mientras a los muertos siempre los ponen los de siempre.

Nota correspondiente a la edición n° 547 del periódico La Jornada, del 27 de noviembre de 2019.

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