Franco Torchia: “La televisión necesita siempre construir monigotes”

Por Agustina Sosa

Franco Torchia se define como periodista cultural aunque se nota que las definiciones y los rótulos no son de su preferencia. Es que dialogar con este graduado en Letras, periodista y conductor, es conversar con alguien cuyas reflexiones siempre sorprenden e invitan a reflexionar sobre lo que considerábamos ya analizado.

Torchia le da una vuelta más a las cosas como si buscara la síntesis final de una dialéctica que pareciera nunca acabar y en el proceso se divierte, nos provoca y nos recuerda que hay temas que merecen ser escuchados y visibilizados.

Actualmente conduce el programa de radio “No Se Puede Vivir del Amor” que se transmite de lunes a jueves de 00 a 2 am por AM 1110 de la Ciudad de Buenos Aires, y está por presentar su libro electrónico “Orgullo y Barullo”, que contiene entrevistas del programa.

En estos días utilizaste un término me llamó mucho la atención, que tiene que ver con la “violencia sistemática en los medios”, ¿a qué te referís con eso?

– El primer recorte que hay que hacer ahí es que la violencia verbal suele ser una “violencia menor”, o ser considerada una violencia menor comparada con la violencia física u otras formas de violencia, y para mí la enunciación, la dimensión de lo que se dice y también de lo que no se dice constituyen prácticas violentas. Entonces, sí, efectivamente yo creo que la Argentina vive un momento de desregulación completa de los contenidos audiovisuales y de los discursos sociales porque hay niveles de brutalidad, salvajismo, humillación como en pocos momentos hemos visto, o al menos yo, que tengo 43 años. Siento que está todo librado al demonio (risas). Yo creo que no se puede decir lo que cada uno quiere decir. Decir lo que cada uno quiere decir, es poder decirlo en la plaza, es poder decirlo en un partido de naipes con amigos, pero los medios de comunicación están para otra cosa. Esto no es nada que no se sepa ni nada nuevo, pero este es un tiempo de absoluto embrutecimiento, y no lo señalo como embrutecimiento en el plano intelectual, sino como un relato salvaje, y debe ser funcional este salvajismo a un determinador poder. Porque si no, no hay otra forma de poder explicar por qué estas acumulaciones de crueldad.

Vos decís que en Argentina estamos en un momento en donde el discurso mediático tiene una crueldad, quizás, sin precedentes. Sin embargo, leyendo tu entrevista al hermano de Cris Miró en la cual hablás sobre las preguntas que Mirtha Legrand le hizo en su mesa en aquel momento, pareciera que esta humillación con los invitados es un tema recurrente ¿no? ¿Ha cambiado en 20 años?

– Yo creo que lo que cambia, y para bien, son las ciencias. La comunicación es una ciencia, la lingüística es una ciencia, la ética como rama de la filosofía es una ciencia, la política es una ciencia, entonces creo que este salvajismo lo primero que hace es deliberadamente darle la espalda a desarrollos científicos que posibilitan llegar a nuevos acuerdos, que ocurre en otras sociedades, que posibilitan llegar a otras instancias en las que los discursos son discursos mejores, son discursos más respetuosos, más adecuados, y aquí no. Ese es el punto. Por eso hablo de salvajismo. Realmente siento que hay como un estado de depredación, la palabra es esa quizás, porque son discursos “depredatorios”, de los otros, de los diferentes, de los minorizados, de los empobrecidos, de las víctimas, de quienes han sobrevivido… es decir, “depredatorios” de aquellos que no ocupan el centro de las escenas y que además pueden poner en circulación esos mismos discursos. Para dar un ejemplo bien frívolo: Mirtha Legrand nunca ha dejado de ocupar el centro, nunca ha dejado de ser una persona que está en el centro y que detenta el discurso del poder, en un único periodo de su vida fue opositora que fue durante los 12 años del kirchnerismo. Luego, siempre fue el discurso del poder.

– ¿Existe un punto medio entre cuidar el discurso o cuidar lo que se dice y no caer en la autocensura?

– La mayor autocensura que existe en los medios de comunicación es la autocensura que ejercen el 95% de los contratados –y digo “contratados” y quisiera subrayar el término, porque empleados prácticamente no hay- que se autocensuran respecto a sus patrones, de sus jefes, quiero decir. De quienes detentan el poder. Esa es la mayor autocensura, la de no poder hablar de los empresarios o del poder empresarial, que los tiene allí contratados. Esa es la mayor autocensura, la más grande, y la más determinante, la de mayor efecto. Luego, yo no hablaría de “autocensura” después respecto a los términos que se usan, yo hablaría de auto-regulación. El trabajo de la comunicación es un trabajo de auto-regulación, no significa dejar de decir, significa pensar cada vez que hay que decir, qué y cómo decir. Por lo que transforma a este trabajo en un trabajo sencillo y complejísimo simultáneamente. Es decir, nosotros trabajamos con las palabras, no trabajamos con un torno porque no somos odontólogos, no trabajamos con un bisturí porque no somos cirujanos, etcétera, trabajamos con las palabras. ¡A menos que queramos dejar de trabajar con las palabras! Pero hasta donde entiendo y hasta donde la comunicación, digamos, es definida, podemos decir que la comunicación es la puesta en práctica de palabras conforme un conjunto de factores que inciden en esas palabras, que salen a seleccionar esas palabras, darles un sentido, organizarlas…entonces, es nuestra herramienta, y la herramienta debe ser cuidada y respetada. La verdad es que yo no estoy diciendo “cuidá tus palabras”, ojalá fuera tan sencilla la comunicación como decir eso, pero es mucho más difícil comunicar. Por lo menos a mí me resulta difícil, y no solamente a mí, creo que a mucha gente. No hablaría nunca de autocensura, jamás. La autocensura existe porque los que están trabajando para Tinelli no hablan, porque los que están trabajando para Suar no hablan, hablan de Darthés, no hablan de Darthés para arriba. A esto me refiero, esa autocensura existe. Después, se trata de auto-regulación, pero esa es una obligación que los profesionales de la comunicación tenemos. Que hoy no se vea, precisamente, bueno, volvemos a tu primera pregunta: que estemos desregulados nosotros mismos y que esté desregulada la comunicación en general no significa para mí que la comunicación no sea un trabajo de auto-regulación.

– Vos sos una persona muy libre y que, justamente, no se censura. Pero siempre estás cuidando tus términos y buscando cuestionar, incluso cuestionarte a vos mismo: ¿creés que has pagado un precio muy alto por esta libertad?

– No lo tengo claro, ¿sabés?… Hoy por hoy estoy haciendo el programa de radio y dejé Confrontados por una serie de razones que tienen que ver con un sitio que saldrá a partir de octubre, y que es un sitio que hago con dos colegas, que espero que guste y que construya lo que creemos que tiene que construir, se va a llamar “Con” y podríamos decir que se trata de diversidad. Es mucho más que diversidad pero bueno, vamos a llamarlo de diversidad. Y básicamente es un sitio de temas periodísticos que en general no están en los medios. No quiero adelantar mucho, pero el primer número es “culo”, y serán un montón de trabajos vinculados al culo. Pero bueno, no sé si pago precios altos o bajos, estoy en un momento en el que estoy tratando de elegir, eso sí. Yo fui una persona que no ha podido elegir en su vida. No fui criado para elegir, no pude elegir muchas veces. La gran mayoría de los casos no pude elegir. También, nosotros vivimos en unas condiciones económicas, políticas, históricas, al vivir en la Argentina, que transforman en algo muy dificultoso la capacidad de elección. En general, nadie puede elegir, o muy poca gente puede elegir. Pero bueno, yendo a mí, yo tampoco. Entonces, estoy tratando de poder elegir, y a la televisión concretamente no voy a volver en ninguno de los formatos en los que he estado. No voy a volver a ser panelista. Por supuesto voy de invitado algunas veces a algunos programas sobre todo de personas a las que les tengo cierto afecto, y demás, pero no quiero ser panelista, no quiero discutir lo indiscutible. Creo que ya pasó, que ya hice lo que tenía que hacer. Por otro lado, no me gustaría cansar, no hay nada peor que cansar, que generar la sensación de cansancio. Es un poco feo que pase eso, pero a veces pasa. Pero no sé si pagué un precio alto, realmente no lo sé, porque también a la tele a veces le conviene que vos seas como alguien que patalea en una dirección porque te transformas en la caricatura y la televisión necesita esa cosmética, necesita siempre construir monigotes. Entonces capaz yo fui como el monigote que pega dos o tres gritos, que se queja y que trata de plantear ciertas reivindicaciones o llevar al estudio ciertas demandas y bueno, capaz que termino siendo orgánico y no siendo efectivo. Pero así como están las cosas no creo que la televisión tenga para mí algo como un programa propio, o algo semejante, entonces seguiré trabajando en lo que pueda.

– Ojalá la televisión tenga un lugar para vos que no sea ir para atrás o discutir para retroceder…

– Yo creo que el mayor problema son las condiciones discursivas. Hoy hay condiciones de discurso que significa decir una economía de lo que puede o no decirse pero no porque te reten, o porque te censuren, sino porque terminás siendo -en un contexto en donde los discursos opinantes siempre son otros- terminás siendo alguien ultra minorizado. Y eso tiene un efecto negativo, no en uno solamente, tiene un efecto negativo en aquello que uno quiere comunicar, justamente. Yo siempre me acuerdo que cuando me estaba yendo de Intratables, un día reproduje al aire una estadística que no me acuerdo qué organismo se encarga de esa estadística, que era que la mayoría de las personas que viven en Argentina no tiene auto. Y justo en ese momento, 2014, Cristina Fernández de Kirchner había lanzado como un plan de créditos para acceder a un 0 km. Yo lo desestimé al plan, pero no es que lo haya desestimado por nada en especial sino porque recordé que hay una mayoría aplastante que no puede ni acceder a un plan y que no tiene auto, ni lo va a tener quizás nunca en su vida. Y entonces eso generó una especie de discusión luego entre productores con compañeros, etcétera, porque yo estaba diciendo algo que es de una impopularidad letal (risas) pero bueno, ese soy yo, qué sé yo. Ese soy yo y esa es la estadística. Soy yo en la medida en que no voy a alimentar, no voy a trabajar promoviendo estructuras de deseo o determinados deseos de consumo que son completamente dañinos. Y también, de vuelta, muy humillantes. Creo que las condiciones de los discursos dominantes hoy en la televisión son esas. Entonces qué hacer más que hacer el papel del minorizado.

-¿Somos un país libre?

– Económicamente vemos que no. No necesito decirlo yo (risas).

– Pero pensaba que por un lado tenemos un avance en derechos que tienen que ver con toda la cuestión de identidad y por otro lado pareciera que el discurso fuera otro, ¿creés que tenemos una legislación quizás superior al discurso?

– Yo creo que la Argentina viene ganando en términos de grupos sociales, de asociaciones, de movilizaciones de encuentros sociales, de deseos personales, que se notan en millones de personas y fundamentalmente también en sectores muy jóvenes de la población, ahí ves que más allá de los derechos o que existan o no determinadas leyes, salgan o no determinadas leyes… es decir, de espaldas o de frente al Estado están trabajando y mucho por el ensalzamiento de las libertades. Repito, independientemente de las leyes. Independientemente de los gobiernos. Independientemente de, incluso, las condiciones macroeconómicas, porque por supuesto son demoledoras para millones, pero bueno, yo veo mucho trabajo igual por desear libertad. ¡Y eso está buenísimo! Lo que creo, como estábamos hablando de la televisión, es que todo ese universo televisión y medios tradicionales es un universo viejísimo, que por supuesto ignora voluntariamente todo esto. ¿Por qué ignora voluntariamente todo esto? Para dar el ejemplo de la televisión: la televisión es tan consciente de su acta de defunción, es tan consciente de su muerte, es tan consciente de su derrumbe, que cualquier contenido más o menos nuevo les recuerda a quiénes “cortan el bacalao” en el negocio -perdón por la metáfora porque es un poco asesina respecto a los animales- les recuerda a ellos que si dejan entrar la novedad, es probable que la novedad se los lleve puestos y corte el negocio. Entonces, mejor tener una atmósfera controlada con discursos tradicionalistas, moralistas, viejos, que parecen nuevos sobre todo cuando se los plantea en ficción, como pudo haber sido el caso “100 Días Para Enamorarse” con un millón de problemas en la trama por cierto, o como puede ser ahora el caso de “Pequeña Victoria”… ahí donde parece estar ingresando novedad, es una novedad siempre maquillada, es una verdad acomodada…

Estereotipada…

– …y estereotipada que no socaba las bases. Las bases del negocio en Argentina las tienen tres o cuatro personas y las van a seguir teniendo desde hace mucho tiempo. La verdad es que los cambios sociales están trabajando en otra dirección e ignorando por completo lo que pasa en los medios tradicionales, estoy seguro de eso. Tantas movilizaciones de disidencias corporales, sexuales, afectivas, ambientales, tantas movilizaciones a favor de la interrupción voluntaria del embarazo, no están mirando la tarde de Telefe o la noche de Canal 13. En ese sentido, siento que vivimos un tiempo fascinante.

Nota correspondiente a la edición n° 545 del periódico La Jornada, del 25 de setiembre de 2019.

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