Por Felipe Etkin

El agua es para todos, la tierra es para todos, el pan es para todos”, declaraba Enrique hace exactamente cuarenta años atrás. “Esto no es subversión”, enmendaba con paciencia inmediata frente al incipiente terrorismo militar y la pérdida de libertades en la antesala de lo que fue la dictadura más sangrienta de nuestra historia. “Esto puede afectar algunos intereses; pero hay que jugarse hasta las últimas consecuencias”, aseguró ‘el pelado’ Angelelli pocos años antes de que su sangre entinte la tierra seca de los llanos riojanos.

A fines del año pasado, el Papa Francisco anunció que el 27 de abril de 2019 se procedería con la beatificación del obispo asesinado en 1976; a su vez, en la misma ceremonia se incluía a los sacerdotes Gabriel Longueville, Carlos de Dios Murias y al laico Wenceslao Pedernera. Los cuatro casos sucedieron en el marco de persecuciones y amedrentamientos perpetrados por el gobierno de facto.

Si bien la decisión tuvo una fuerte resistencia por parte del sector conservador dentro de la Iglesia y los medios de comunicación más aristocráticos, el reconocimiento se concretó en la ciudad capitalina presidida por el cardenal Gionvanni Angelo Becciu, enviado especial del Vaticano.

“Esta beatificación viene ratificar un hecho histórico: hubo cuatro personas que por haber trabajado fieles a su fe cristiana, fueron perseguidos, maltratados psicológica y físicamente y asesinados defendiendo la justicia y a los más pobres”, comentó a La Jornada el sacerdote Víctor Acha; quien participó del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y recupera desde hace más de 50 años el ideario de una fe anclada en el pueblo por y para los pobres.

De acuerdo con Acha, la declaración de los cuatro mártires como beatos obedece a la necesidad de generar un reconocimiento porque ellos expresaron con palabras y actos lo más importante del cristianismo. “Lo que sucedió y sucede en la actualidad es que toda persona que hable a favor de los pobres y declara la culpabilidad de los ricos al decir que ellos son la causa de la pobreza, es tildada de comunista, zurda o ajeno al evangelio. Pero el evangelio debe ser predicado de acuerdo con lo que hizo Jesús; él fue el primero que denuncia los abusos de los ricos y poderosos anunciando la llegada de un tiempo nuevo para incluir a los excluidos, sacar a los pobres de su miseria y recuperar la justicia más genuina que merecen los seres humanos”, manifestó el sacerdote.

Tomar la punta del ovillo y desandar la trama de los curas populares que caminaron por nuestro país significa también recuperar los pasos de todo el entramado histórico que nos trajo hasta acá. En esta tarea, Angelelli dejó testimonios viscerales y sin pelos en la lengua. En algunos anticipaba con razón: “Se nos presenta un porvenir inseguro, efecto de una de esas situaciones graves que se manifiestan bajo las formas inhumanas de la desocupación, carestía de la vida, bajos salarios, escaso rendimiento del poder adquisitivo, alto déficit de las viviendas, hospitales abarrotados, niños enfermos y desnutridos, carencia de una asistencia médica social vigorosa y congruente”. En otros, explicaba con claridad y marcaba una hoja de ruta: “Existen unos que no tienen voz, que son marginados y explotados y existen otros que tienen privilegios y explotan a los demás. ¿Eso lo quiere Dios? No”.

Del tercer mundo

A pocos días de que un grupo de guerrilleros barbudos y desprolijos comandados por Fidel Castro tomara el poder en todo el territorio cubano; en la ciudad del Vaticano, el papa Juan XXIII convocaba en 1959 a la realización de un concilio ecuménico que cambiaría el porvenir de la Iglesia Católica. El II Concilio Vaticano, iniciado tres años después, marcaría a fuego a una institución que ejercía, -y aún lo hace- una influencia internacional a nivel político, cultural y económico. El objetivo central residía en producir una renovación y actualización de la moral y la vida cristiana; considerando los cambios sociales del siglo XX, la distancia que mantenía la Iglesia con la vida real y concreta de sus fieles; sumado a que el último concilio se había realizado hace un siglo y fue interrumpido por el estallido de la guerra franco-prusiana.

Este intento de modernización del catolicismo no permaneció aislado del convulsivo escenario de transformaciones que significó la década de 1960, tanto en occidente como en oriente. Focos guerrilleros, procesos independentistas, vanguardias artísticas populares, la revolución cultural en China, el hippismo, las dictaduras militares latinoamericanas y el surgimiento del movimiento de sacerdotes del tercer mundo fueron marcando el pulso de algunas de las tantas tensiones de la segunda mitad del siglo.

Con estos vientos, en 1968, Angelelli fue designado obispo de la Diócesis de La Rioja. Hasta el momento se había desempeñado como sacerdote en la provincia de Córdoba, cercano a los sectores obreros y villeros y hasta interviniendo en conflictos gremiales con las empresas Fiat, Industrias Mecánicas del Estados y los empleados municipales. Probablemente, en un intento del tradicionalismo cordobés de sacudirse las semillas de todo lo que tenga olor a pueblo y destinar al cura a una “zona periférica y aislada”. La estrategia, finalmente, sería poco provechosa para el conservadurismo: por un lado, el Cordobazo estaba esperando ansioso a la vuelta de la esquina; y por otro, Angelelli encontraría en los cerros riojanos la posibilidad de extender un catolicismo con crítica y conciencia material.

En el barro

A mediados de siglo pasado, la provincia de La Rioja era una de las zonas más desdeñadas del país. Con una población destinada a satisfacer las necesidades de mano de obra de las empresas mineras y otras explotaciones capitalistas en diversos sitios del país, el olvido del Estado y la desigualdad coexistían con el espíritu aguerrido de las tierras que supieron ser cobijo de embravecidos caudillos como Facundo Quiroga, Felipe Varela, Doña Vito y el Chacho.

Las extracciones de entrevistas y misas del obispo Angelelli muestran la frontalidad y claridad con la que articulaba los problemas reales de la población y la necesidad de justicia social con una nueva moral cristiana. Probablemente de esta manera también fue que comenzó a interceder y fomentar la formación de  organizaciones y gremios mineros, rurales y de empleadas domésticas en todo el territorio de su Diócesis.

Progresivamente, este acercamiento e involucramiento de la iglesia en la vida cotidiana de los pobres, sus organizaciones y formas de resistencia fue generando el descontento de los sectores conservadores de la política y la religión. Asimismo, sucedió en este contexto un hecho que, en retrospectiva, resultaría un aviso o una metáfora de lo que el devenir histórico le traería al país.

Ante un conflicto de tierras, una de las cooperativas cercanas a Angelelli exigía la expropiación de un latifundio que se expandía irregularmente mediante la apropiación de pequeñas parcelas. El entonces gobernador de La Rioja, Carlos Saúl Menem, había accedido a resolver a favor de los campesinos pero en un golpe de timón retiró el apoyo. En este panorama de tensión Angelelli viajó a Anillaco para presidir las fiestas patronales; no obstante al llegar se encontró con un alzamiento de comerciantes y terratenientes secundados por dos de los hermanos del expresidente Menem dispuestos a expresarle su descontento por el vínculo afín entre monseñor y los campesinos.

De acuerdo con Miriam Lewin la manifestación reaccionaria sucedió frente al templo: “Denunciaron con altoparlantes el propósito de Angelelli de reemplazar al viejo párroco por dos sacerdotes capuchinos, declararon a Anillaco “capital de la fe” y entraron por la fuerza en el templo y la casa parroquial. Cuando Angelelli se retiró luego de suspender las celebraciones religiosas, lo corrieron a pedradas. Usando como argumento la intranquilidad social, Menem retiró su apoyo a la cooperativización del latifundio y la Legislatura decidió venderlo en parcelas. Los sacerdotes riojanos habían pedido la excomunión de los tres Menem y sus acompañantes, pero Angelelli prefirió una sanción menos dura y ofreció su renuncia a la Santa Sede como prenda de paz”.

Tras estos sucesos, los diferentes sacerdotes de La Rioja manifestaron su apoyo al obispo y tuvieron que hacerse presentes dos enviados del Vaticano para mediar con el fin de aplacar el conflicto. Si bien no fue destituido, el ambiente estuvo lejos de lograr aguas tranquilas; más bien, comenzó una escalada de amenazas y aprietes por diversos medios a Angelelli que terminaría recién el día de su asesinato.

Tras el breve gobierno de Juan Domingo Perón de 1973, el ascenso de la violencia estatal iría acumulando espacios hasta devenir en el terrorismo militar instaurado desde 1976. A lo largo de este proceso los mecanismos de tortura y desaparición de personas se dirigieron especialmente a combatir la ‘subversión’; curioso y vago concepto acuñado por las Fuerzas Armadas y la prensa conservadora para designar a cualquier tipo de militante social, personas con mínimas capacidades de crítica y empatía o quienes concebían la posibilidad de un país más justo.

Por supuesto, el movimiento de sacerdotes que pisaban los guadales en los barrios populares también fue objetivo de la red de exterminio. En 1974, luego de celebrar una misa en el barrio porteño de Villa Luro, el cura Carlos ‘Pepe’ Mugica recibió 14 disparos que dieron fin a una vida entregada a la militancia. A su vez, mientras miles de argentinos y argentinas eran secuestrados por organismos militares y paramilitares, la transmisión radial de las misas de Angelelli en La Rioja fueron suspendidas, como frecuentemente su misma realización.

El clima fue gestándose. Seguramente Enrique no lo ignoraba. Las fichas del tablero se iban acomodando en una dirección. El 18 de julio de 1976 los curas Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias fueron torturados y posteriormente acribillados en la localidad riojana de Chamical por miembros de la Policía Federal. Seis días después un grupo de tareas fusiló a Wenceslao Pedernera, miembro del Movimiento Rural Diocesano. A los pocos días, tras una misa en conmemoración de los asesinados, la camioneta Fiat 125 en la que viajaban el obispo junto al padre Arturo Pinto fue embestida por otro rodado hasta provocar un vuelco. Este último pudo sobrevivir tras quedar inconsciente y fue uno de los principales testigos para comprobar que el accidente fue a ciencia cierta un asesinato.

Derrotero judicial

La causa por el asesinado de Enrique Angelelli concluyó 38 años luego del suceso. Al banquillo solamente llegaron dos de los cinco imputados: Luciano Benjamín Menéndez y Luís Estrella; ya que los restantes -Jorge Albano Harguindeuy, Jorge Rafael Videla y Juan Carlos Romero- fallecieron antes del comienzo del juicio.

A lo largo del periodo dictatorial y restablecimiento de la democracia, la causa judicial fue evolucionando y mutando de carátula. Si bien en un principio fue dispuesta como un accidente de tránsito; conforme las investigaciones y con el fin del gobierno militar y la parcial democratización de la justicia, se recaratuló en 1983 como “homicidio calificado y tentativa de homicidio”, desterrando las hipótesis de un supuesto infortunio casual.

No obstante, con las sanciones de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, en 1988 el fiscal de la Cámara Federal de Córdoba exoneró a varios de los militares originalmente implicados en el asesinato; y en 1990 la misma Cámara declaró agotada la investigación y sobreseyó a los acusados.

Finalmente en 2005, el viraje político y judicial permitió la reapertura de la investigación y la activación del proceso. El juicio comenzó en 2013, concluyendo un año después con la condena a prisión perpetua de los imputados.

Vientos del oeste

Víctor Acha recuerda que a pesar de que algunos se esforzaron por cubrir con un manto de dudas el asesinato del obispo, otros nunca tuvieron dudas de lo premeditado y criminal que fue. Del legado de Angelelli, el sacerdote destaca principalmente su sinceridad y vocación de justicia de manera pacífica. “No era un hombre agresivo. Declarar que se cometían injusticias con los cosechadores explotados de La Rioja no era violencia, era revelar una verdad que los poderosos buscaban ocultar para prolongar sus desmanes”, consideró.

Consultado respecto de la importancia en la actualidad de recuperar la figura de los mártires riojanos y el vínculo de la religión con los problemas materiales de las personas, Acha señaló que “en ningún tiempo de la historia de la fe cristiana” tendría que haberse dejado de lado la defensa de la justicia y señalar dónde están los atropellos a los derechos. En tal sentido sostuvo: “Todo el mundo está de acuerdo con que existen las injusticias y al decirlo todos te aplauden; pero si digo que en este momento en Argentina hay más de 200 mil desocupados en tres años, me dicen que me estoy metiendo en política. Esto hay que decirlo, no es un invento. Son estadísticas y uno tiene también tiene que predicar el evangelio a partir de eso”.

El padre Víctor, que comenzó su trayectoria en la Parroquia de Villa El Libertador liderando una sólida comunidad parroquial y la opción pastoral por los más pobres plasmada en luchas por necesidades concretas como agua, alumbrado, teléfono, escuelas y salud, asegura que decir la verdad es una exigencia moral y ética. “Es la verdad lo que nos humaniza. Como así también denunciar las mentiras y las falsedades; más todavía si mi fe cristiana parte de alguien que bregó por la verdad, contra la falsedad, hipocresía y mezquindad del mundo. La justicia, la libertad, la igualdad de derechos son valores humanos y todos debemos proclamarlos siempre. Este fue ‘el gran delito’ de los mártires riojanos: decir lo que hacían y hacer lo que proclamaban”, subrayó el sacerdote.

Con la acumulación de documentos históricos e información recabada en todos estos años de democracia, no resulta ninguna novedad afirmar en la actualidad que el golpe de Estado inaugurado en 1976 además de militar y cívico, fue eclesiástico. Como sucedió de manera frecuente a lo largo del siglo XX en nuestro país, el devenir histórico quedó muchas veces atado al poder de las Fuerzas Armadas, la sociedad civil (capital económico y financiero junto a los medios de comunicación) y de la jerarquía de la Iglesia católica; constituyendo una tríada muchas veces más potente que los tres poderes del Estado o la misma voluntad popular. La maduración de las condiciones sociales para la implementación de un plan sistemático de desaparición de personas no vino sola ni surgió por capricho de un solitario y único tirano sanguinario.

Respecto de la complicidad de la jerarquía eclesiástica con estos eventos, el padre Acha indicó que la Iglesia es una institución humana que tiene “grandezas y miserias” como las tienen todas las instituciones humanas y el mundo en general. “Que la jerarquía de la iglesia proclame una cosa y haga otra es gravísimo. En el momento en el que se desarrollaron los hechos, la jerarquía fue cómplice y ayudó a ocultar el crimen. Salvo honrosas excepciones que eran acallados, la cúpula silenció la verdad”,  expresó.

El ovillo esconde un largo cordal en el carretel. La importancia de inyectarle vitalidad a la historia de estos mártires -como tantos otros y otras parió este pueblo- es tan grande como la complejidad de abordarlos en la vida política e institucional de la actualidad. Desde las tierras de La Rioja, el viento del oeste de Angelelli y sus compañeros puede restituir una hoja de ruta para la resistencia y el encuentro; y en momentos de recrudecimiento de la violencia armada del Estado parece imprescindible.

De los mismos vientos, el escritor Daniel Moyano -que vivió en La Rioja entre 1959 y 1976 antes de exiliarse en España- siendo amigo cercano del obispo, escribió un fragmento implacable que probablemente no fue inspirado en Enrique y los mártires pero que nos permitimos la concesión de pensarlo, por un rato, en esa clave de lectura: “Con sus matanzas van postergando un tiempo de alegría. Se apropian de las palabras para escribir una historia mentirosa, con hechos que por eludir la sustancia del hombre son ficticios, especie de siembra destinada a la supervivencia de un oficio repugnante a la conciencia de la vida. A esas ficciones nosotros les oponemos las palabras que usted está usando, para mantenernos en el tiempo hasta que encontremos una instancia de descubrimiento de algo nuevo. A la mentira lujuriosa oponemos una pequeña vida verdadera”.

Nota correspondiente a la edición n° 541 del periódico La Jornada, del 29 de mayo de 2019.

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