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Por Agustina Sosa

Iba a decir que Alexandra Kohan es una persona que nos invita a pensar las cosas dos o tres veces, pero, en realidad, es mentira. Alexandra no te invita a pensar, simplemente te obliga a hacerlo. Porque es imposible escapar de sus planteos que tan inteligentemente sabe posicionar en la esfera virtual gracias a las redes sociales. Dotada de un gran espíritu jovial y una frescura amigable, esta psicoanalista (que evita los rótulos) les da varias vueltas a las consignas feministas, los reclamos, los “hashtags” y también a las lecturas cotidianas, regalándonos interesantes textos en la revista Polvo.

Recientemente presentó, en la Feria del Libro, su libro titulado “Psicoanálisis. Por una erótica contra natura”. Controversial como su nombre, este libro promete ser mucho más que eso. Y, al igual que su autora, nos sugiere mirar para adentro y evitar escapar de nosotros mismos.

– ¿Qué creés que dirían Freud y Lacan del término “responsabilidad afectiva”?

– La verdad es que no tengo bien claro a qué llaman responsabilidad afectiva, pero después de indagar un poco, podríamos decir que es algo así como que el otro se haga responsable de lo que suscita en mí. Pensaba lo siguiente: vos podés tener acuerdos con las personas con las que tenés “relaciones sexoafectivas”, decir “che, mirá, me gusta esto o no me gusta esto”, “si te vas a demorar avisame”, etcétera. Pero, ahora, según lo que fui leyendo, me parece que lo que hoy se le pide al otro es algo imposible, que es que responda a los efectos que suscitó en mí. Me parece que se parte de que el otro sabe lo que hace, de que siempre sabe lo que hace o lo que “me” hace. Se parte de que el otro es un sujeto de la voluntad. Y creo que el gran problema de todas estas cuestiones es suponer siempre que el sujeto es voluntario, porque ni el otro sabe siempre lo que hace, ni yo sé lo que hago, ni yo puedo responder por lo que suscito en el otro. Es casi como si uno hiciera responsable al otro de las ilusiones que yo me hice con el otro.

– ¿Creés que las nuevas generaciones tienen o tenemos una necesidad de certezas constantes?

– La verdad todavía no me doy cuenta si es una cuestión generacional o no, porque no hice ese tipo de investigación y no me siento autorizada a decir si se trata de una cuestión generacional. Pero sí veo una cuestión actual, que es como un rechazo a que las cosas te afecten. Y cuando digo “te afecten” me refiero incluso a que lo hagan positivamente. Que las cosas toquen tu cuerpo. Que te afecte una mirada, que te afecte una palabra, que te afecte un desamor o un amor. Entonces sí veo que hay un rechazo a eso y que se pretende todo el tiempo poner diques de contención para que lo emocional no aparezca, para que no pase nada. Y en ese “no pase nada” tampoco pasan cosas que están buenas. Y sí creo que el asunto es, como vos decís, una necesidad de certezas, y de garantías. Hay una gran pretensión de garantías y eso no es una cuestión generacional, es una cuestión, yo me animaría a decir, más neurótica, de que antes de que se produzca un movimiento haya garantías de si ese movimiento va a ser conducente o no, saber a dónde va a llevar, etcétera. Lo que viene a enseñar el psicoanálisis es justamente que no hay garantías, y que no hay posibilidad de una certeza anticipada. Porque, ¿cómo podríamos anticipar lo que puede producir un encuentro con el otro?

– ¿Se pretende una automatización de los vínculos en consonancia con el sistema económico y social de la época?

– Hace poco me preguntaron si todo esto tenía algo que ver con el momento político global, y yo pensé que acá, en Argentina, en dónde estamos más solos porque el Estado nos libra a nuestra suerte, y no me refiero a la soledad que uno tiene que habitar indefectiblemente, sino que estoy articulando con el momento político, en donde hay un desamparo que se pretende cubrir por el lado de “bueno, ya no tengo opción para que me duela algo”. Es algo que no lo tengo bien pensado, pero sí creo que hay una relación entre ciertas subjetividades que cada época va produciendo, y eso está en total relación con el momento político y social de un país o, yo diría, más extensivamente, global. Y en ese punto sí me parece que esa subjetividad de hoy pretende certezas, garantías, y que nada le afecte.

– Hablemos un poco de tu libro: “Psicoanálisis: por una erótica contra natura”, ¿por qué necesitamos hablar de erotismo?

– Fue interesante el movimiento que se produjo con el título porque ese no era el título original, el título original era justamente lo que vos mencionaste, algo así como “contra el imperio de la certeza”. Pero la editora, Patricia Kolesnicov, que es una gran editora, me dijo que el libro era mucho más que eso. En un momento pensamos en el título “amar, coger, desear”, así que la cuestión se fue yendo para ese lado y un día, como suele suceder, se me ocurrió este título. Digo, fue una ocurrencia, estaba haciendo cualquier otra cosa y apareció el título que lleva el libro. Erótica, porque en realidad hay una idea que tengo a partir de una idea de Platón y algo que retoma Lacan que es algo así como que “el psicoanálisis es la práctica de la erótica de los cuerpos”. Me parece que esos que son los temas que a mí siempre me interesan, porque me dedico al psicoanálisis y es Eros, en donde uno puede poner el amor, el deseo, el goce -que no son la misma cosa- pero que podrían converger con el cuerpo que para mí es una noción fundamental del psicoanálisis. No sólo de la teoría, por supuesto, sino también de la práctica. El psicoanálisis es una práctica que incluye dos cuerpos: el del que se analiza y el del analizante, y hace un tiempo yo me vengo preguntando de qué modo está el cuerpo del analista en la práctica del psicoanálisis, que no está siempre del mismo modo, etcétera. El cuerpo es algo que a mí me interesa pensar, por lo mismo que veníamos diciendo, porque el erotismo actual es un erotismo bastante ascético, en esta idea de que nada me toque, nada me afecte, nada me salpique. Ni siquiera un piropo. Yo diría un “erotismo seco”.

-¿Hablamos de sexo o nos quejamos del sexo todo el tiempo?

– Se habla de sexo porque se habla de todo. El problema no es que no haya libertad para hablar de sexo, sino qué concepciones de la sexualidad hay y qué idea de la sexualidad hay porque eso también tiene que ver con cada época. Cada época tiene su Eros, ¿no? No podría contestar si se habla o si se queja, pero lo que sí hay en esa pretensión de libertad -que también es una idea bastante actual la de somos libres o en todo caso de que hay que aspirar a eso- es que el sexo es algo fácil, ¿no? como que la sexualidad no es traumática, digamos. Casi que hay un imperativo a coger. Una cosa así. Y contradicciones hay porque las contradicciones también son de cada época: por un lado, la cosa ascética y por otro lado todo el tiempo una hipersexualización de una cantidad de prácticas. Ahí donde se lee sexualización en todos lados, es la práctica de la hipersexualización. ¿De qué modo se hipersexualiza todo cuando se lee todo en clave sexual? Que no es lo que hizo Freud, por otra parte. No es lo que hizo Freud. Y ahí es interesante porque la crítica que recibía Freud era la de pansexualismo, es decir, que veía sexo en todos lados. Y es justamente lo que no hizo Freud, porque lo que él hizo fue leer la sexualidad de otra manera. Entonces no se trata de la sexualidad ni de la genitalidad, se trata de la economía libidinal diría yo, de la economía pulsional. Y la concepción que tiene el psiconálisis del cuerpo es efectivamente inédita, respecto de cualquier otra disciplina. Ese cuerpo, es un cuerpo sexuado.

– Estamos en un momento en el que se habla mucho del cuerpo, ¿somos dueñas de nuestros cuerpos las personas?

– “Mi cuerpo es mío” es una consigna de la que yo me opongo bastante. Me parece, en un principio, ridícula. Yo podría entender que sea una consigna para pedir la legalización del aborto. Ahora, es totalmente contradictorio que vos le vayas a pedir al Estado que regule la práctica del aborto porque eso es pedirle que te regule, que se haga cargo, pero diciéndole “mi cuerpo es mío”. O sea, vos le estás pidiendo al Estado que intervenga y que regule una práctica que tiene que ver con tu cuerpo, diciéndole “mi cuerpo es mío”. Eso es contradictorio, llevado al punto de reivindicación política. De ahí para acá, si hay algo que no es nuestro, es el cuerpo. El cuerpo es lo más ajeno que uno tiene, lo menos “propio” que uno tiene en el punto en que no responde por lo que uno querría. Yo siempre hago el chiste: si mi cuerpo fuera mío, no tendría insomnio; si mi cuerpo fuera mío, no comería harinas. Quiero decir, la pulsión regula los modos de precipitación de ese cuerpo y en ese punto se transforma en algo totalmente ajeno. Uno camina todos los días con la ilusión de que nuestro cuerpo es nuestro, me refiero a los neuróticos. Después la relación en la esquizofrenia con el cuerpo es otra, con la paranoia es otra, digamos. Pero, en la neurosis, uno camina todos los días con la ilusión de que somos dueños de nuestro cuerpo. Hasta que el cuerpo te avisa que no, que no somos dueños de nuestros cuerpos. Y no es una cuestión de mujeres; tampoco estoy de acuerdo con la frase “mi cuerpo es mi decisión”. Me parece una consigna que refuerza el individualismo del que hablaba.

– Y también podríamos pensar que es muy delgada la línea con el concepto de propiedad, o propiedad privada, ¿no?

– ¡Totalmente! Bueno, de hecho, algo de eso creo que llegué a poner en el libro cuando hablo de “mi cuerpo mi decisión”, “mi cuerpo es mío” y “el amor propio”, que es otro de los sintagmas que surgieron en este tiempo, y sí, ahí estoy de acuerdo con vos porque lo que queda subrayada es la propiedad. Cuando en realidad lo que estamos intentando construir es algo que tiene que ver con lo colectivo y con algo que no tiene nada que ver con la propiedad. Todo lo contrario. Porque además después surgen los discursos de que el hombre no nos cosifique o que no son nuestros dueños. Es como decirle: “vos no sos dueño de mi cuerpo, pero yo sí”. Bueno, no, él no lo es y vos tampoco. Ahora, el asunto es quizás si el otro puede disponer o no de tu cuerpo, pero ser dueño de tu cuerpo tampoco podría serlo, estrictamente hablando. Bueno, al menos de que estemos en el esclavismo, pero creo que eso ya se abolió.

– Por último, siempre hablás de la “sacralización de la madre”, ¿es un fenómeno muy de los argentinos y su relación con ‘la mamma’?

– (risas) No me animaría a decir que es un fenómeno argentino porque no sé demasiado, no es que tengo una tesis sobre esto, yo diría que son ocurrencias que aparecen a propósito de esos discursos que se van precipitando y a mí me gusta leer las contradicciones, los dobleces, y bueno, me dedico a eso, ¿no? En ese punto a mí me interesa la contradicción que hay entre cierto discurso de cierto sector del feminismo, de la mujer empoderada, independiente, etcétera, y cómo eso queda totalmente reducido en el momento de pensar, por ejemplo, el derecho de familia. Y no me refiero únicamente al machismo que hay en el derecho de familia -que lo hay, todavía, en la Justicia en general- sino incluso, yo diría, en la concepción que tienen de la mujer las abogadas llamadas a sí mismas feministas. Que muchas veces lo que pretenden es esquilmar al hombre, sacarle todo lo posible, y en ese punto la concepción de la mujer es que tiene que recibir del hombre lo que corresponde que el hombre le dé. Lo que me parece que se replica es esa lógica machista de la mujer en la casa con los hijos y el macho afuera trabajando y siendo proveedor. O sea, la mujer relegada al ámbito doméstico. Esta práctica a mí me llama la atención cuando es llevada a cabo por mujeres que se dicen feministas. En general no me meto con lo que alguien hace con su vida de pareja, de divorcio, quién arregla y desarregla sus asuntos amorosos, eso no es algo opinable. Yo no estoy diciendo lo que hay hacer. A mí lo que me interesa es leer esas contradicciones. Cuando yo me refiero a la sacralización de las madres, me refiero a las mujeres que, por un lado, tienen reivindicaciones de independencia económica, por ejemplo, y por otro lado, en un divorcio se quedan en la casa porque a priori está determinado que la madre debe quedarse en la casa con los hijos, sea quien sea que ha decidido esa separación. Por supuesto estoy hablando de casos en donde los padres están presentes. A los padres que se borran hay que hacerles juicio, son unos jodidos y de verdad no creo que haga falta que yo aclare esto. No estoy hablando de esos casos. Estoy hablando de casos en los que sí está el padre, en los que sí quiere participar, y hay un poder -y a esto lo detectó muy bien Florencia Angilletta en un ensayo que está en el libro “¿El Futuro es Feminista?”  – que también está en la mujer que se ocupa de todo, que se queda, y eso también es un poder. Sería ridículo suponer que la madre que se ocupa de todo, que es la que recibe los llamados del colegio, que es la que no delega en el marido o el padre de sus hijos ninguna de las tareas, esté efectivamente ajena a un poder. En ese punto, también detecto muchas veces que en una pareja separada, cuando los hijos se van con el padre, la madre llama para ver cómo están los hijos o para ver si el padre está haciendo lo que tiene que hacer, como si se tratase de una especie de “monitoreo”. Por supuesto que no es en todos los casos. Hoy en día, también, funciona mucho la experiencia personal; me contestan “yo no llamo a mis hijos”, pero hay millones que sí. No sirve de nada la experiencia personal para detectar estas cosas. A esta lectura no la hago a partir de mi experiencia, la hago a través de tratar de leer ciertas escenas, ciertos discursos, y la sacralización de la madre por parte diría yo incluso de ciertos feminismos, es un tema que para mí es absolutamente machista. Sacralizar a la madre o suponer que la madre es imprescindible, es machismo. Y suponer que el padre es prescindible, es machismo. A mí me interesa desarmar eso, y quizás soy a veces hiperbólica y digo “sacralización de la madre”: ¡Es que está intocada la madre! Para mí la cuestión es, si vamos a apuntar a la igualdad, igualdad en la participación de la educación, igualdad en lo económico… si un padre se va un mes de vacaciones son los hijos, ¿por qué tiene que seguir pagando el cable de la casa de la madre y la madre no paga el cable del padre? yo creo que hay muchísimo por discutir. También entiendo que hay muchísimos avances a favor de esa igualdad en la Justicia, pero a mí no me interesa tanto debatir esos temas, porque no es a lo que me ocupo, sino cómo se aplican esos cambios. Claro que hay que evaluar caso por caso, entender que hay casos en donde los padres tienen más dinero que las madres, pero hay que discutir por qué a priori, siempre la madre tendría las de ganar. Porque si eso pasa no es igualdad. Es machismo.

Alexandra Kohan es psicoanalista y docente regular de la Cátedra II de Psicoanálisis: Escuela francesa, de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. También es docente y supervisora del Centro Dos. Allí, además, dicta seminarios. Integra el grupo de investigación y lectura Psicoanálisis Zona Franca. Cursó la maestría en Estudios Literarios de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, para cuya finalización escribió la tesis Barthes y Lacan: la lectura como resistencia a la doxa. Colabora habitualmente en Revista Polvo, Revista Invisibles y otros medios. Colaboró en Feminismos, de Leticia Martin editado por Letras del Sur en 2017. Coordina diversos grupos de lectura. Acaba de publicar Psicoanálisis: por una erótica contra natura, en IndieLibros.

Nota correspondiente a la edición n° 541 del periódico La Jornada, del 29 de mayo de 2019.

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