Por Felipe Etkin

Distante de las pulcras galerías de arte de la elite cultural, en la localidad transserrana de Las Rosas, Jorge Cuello molesta con su irreverencia artística y su acidez intelectual. En 1958 nació en la localidad de Oliva pero adoptó una vida semi nómade que lo llevó por distintos puntos del país.

Murales, tapas de álbumes musicales, libros, telas y cuadros llevan la firma de los coloridos tintes de Cuello que tiran y traen garabatos infantiles, disputas políticas y el grito de los pueblos.

Este año, el artista recibió la invitación de una galería de arte de Palestina para exponer sus obras y; redoblando la apuesta, quiere intervenir el muro que divide el territorio con Israel. De esta iniciativa también formó parte la organización “Enemigos por la Paz”, una asociación de israelíes y palestinos que busca aplacar el conflicto bélico.

Si bien los vaivenes políticos y sociales del caldeado Medio Oriente van marcando diferentes trabas para que el artista cordobés clave su pincel, por lo pronto el financiamiento del proyecto representa el principal obstáculo. Tras no recibir el acompañamiento de funcionarios  y entidades públicas para la travesía, Cuello implementó una especie de sistema de membresía y venta de obras en cuotas para costear el viaje y facilitarle a la gente el acceso a sus producciones.

Lejos de la inercia o la pasividad el “arte comebirom” -como le gusta llamar a lo que hace- se agita y busca nuevos horizontes expresivos.

– ¿En qué consiste la propuesta de viajar a Palestina?

– Tuve la invitación para exponer en una galería de arte que se va a abrir muy cerca de la Franja de Gaza. La iniciativa surgió por un cordobés que se encuentra allá impulsando todo esto. Mostrar lo que hago fuera del país implica trascender un círculo fatal en el que nos movemos los artistas y además de participar en la galería me pareció muy importante poder intervenir el muro que separa Palestina de Israel. En este marco fui invitado por la organización ‘Enemigos por la Paz’; sin embargo, en el medio de toda esta gestión, ganó las elecciones el oficialismo encabezado por el primer ministro Benjamín Netanyahu; quien ha sido uno de los principales responsables de esta política de exterminio del pueblo palestino. De alguna forma esto complica un poco más el panorama.

– ¿Cuál es tu objetivo con este proyecto?

– La idea es poder compartir mis últimos trabajos. Actualmente estoy trabajando con una obra que se llama ‘La vuelta de Martín. ¿Martín? ¿Qué Martín?’. Cuenta la historia de cuando Martín Fierro retorna y se cambia el apellido. En un punto esa situación me llevó a investigar en todo lo que pasó en Latinoamérica en la época, que a su vez coincide con la Guerra de la Triple Alianza. Uno de los puntos de partida de esta obra es la Batalla de Acosta Ñu. Fue un acontecimiento bélico en el que murieron 650 pibes entre seis y doce años, que eran el último regimiento que le quedaba a los paraguayos luego de ser exterminados a lo largo de la guerra. El eje de esta obra se sustenta en visibilizar a los niños, que siempre son quienes más pierden en estas historias de guerras entre países y entre adultos que combaten muchas veces sin tener muy en claro por qué se están matando. En todo esto hay muchas similitudes con lo que sucede en medio oriente; termina siendo una gran reflexión en clave artística sobre qué le estamos dejando a los más chicos y las nuevas generaciones.

– En tu obra en general hay una síntesis entre un lenguaje político e infantil…

– En el arte y en esta sociedad está muy presente la idea de un acartonamiento fingido sobre lo que implica pertenecer al mundo de los adultos. Existe un entrenamiento que comienza desde el jardín de infantes para que uno bloquee sentimientos, sensaciones y actitudes. La idea es que uno aprenda a ser políticamente correcto todo el tiempo; pero eso también es un sometimiento y es uno de los grandes problemas que tiene la educación formal humana. Sin embargo, los niños tienen una extensión sensorial muy fértil para abarcar y relacionar historias y generar un sentido común mucho más poderoso que el de los adultos.

– ¿Hay un acto de resistencia en el lenguaje infantil?

– Más que de resistencia implica hacerse cargo de nuestra realidad. Todos somos esclavos de este tipo de opresiones. ¿Cuántas almas cuesta levantar un altar monumental a un Dios que seguramente no existe y generó masacres y muertes a lo largo de la historia? Lo que existe y yo quiero recuperar es lo que siente el niño; ese ‘olfato’ tan especial que nos define realmente como seres humanos y paradójicamente es lo que más nos olvidamos. Hay que volver a eso y en esta tarea los artistas tenemos un papel fundamental; con respecto a esto somos más importantes que los físicos nucleares.

– Vivimos en un mundo cada vez más digital, ¿qué espacio le queda a lo analógico y lo material?

– Hace unas semanas realizamos una presentación que consistía, básicamente, en jugar con barro. Puedo asegurar que son cosas que trascienden más allá de los cambios y avances tecnológicos; porque ese simple hecho de jugar con tierra mojada nos produce un vínculo distinto con la idea de planeta tierra. En este mundo de negocios cada vez va a haber un mercado más chico para el arte, pero las manifestaciones son cada vez más. Cada vez hay más muestras, más ferias artesanales y más gente que sale a compartir lo que hace. Es parte de la cultura. Nuestra historia está plagada de masacres culturales e intentos de aniquilamiento; de hecho, Sarmiento, el supuesto ‘padre de la educación’ cumplió un papel muy importante en borrar gran parte de nuestra cultura. Pero hay cosas que son imposibles callarlas. De hecho, lo que yo practico lo llamo ‘arte comebirom’ en relación a un vínculo que debemos rescatar con los pueblos originarios porque estamos en tierras que pertenecían a los Comechingones. Para ser justo con mi origen, yo soy el último orejón del tarro y, como marca el reglamento, yo no tenía acceso a ese mundo que está manejado totalmente por el dinero. Entonces los comebiromes somos como indios que no sabemos ni cazar ni pescar y que nos dedicamos a contar la plata de otro mientras mascamos el capuchón de la birome.

– ¿Qué es la campaña de ‘cinco pal peso’?

– Esto tiene un antecedente en una credencial que implementé hace cinco años; donde buscaba generar una asociación de amigos Comebiromes. Consiste en una especie de ‘Golden Card’ y de alguna forma parece ser la solución al problema que tenemos muchos artistas de ver de qué manera podemos asegurarnos un mínimo sostén para poder producir. Uno generalmente se esclaviza por un monto de dinero dentro de un sistema meritocrático en el que te hacen creen que tenés que explotarte hasta jubilarte; pero esto pasa por otra cosa. Cinco pal peso es lo que a unos siempre le falta, y en este caso también permito financiar obras en cuotas para facilitar la compra y a la vez, subvencionar el viaje. Por otra parte, cada 12 personas que se adhieran a Cinco Pal Peso voy a ir a pintar un mural a una escuela. Toda la gran iniciativa del viaje a Palestina me llevó también a pedir ayuda a funcionarios públicos, pero recibí todas respuestas negativas. Además me enteré que el Fondo Nacional de las Artes dejó de funcionar. No hay ninguna política oficial que contenga este proyecto, por lo que volver a la idea de la Golden Card parecía una buena solución.

– ¿Te sentís parte de un colectivo?

– Los comebiromes seguimos un poco la senda de los ‘lobos esteparios’. Me gusta recuperar a Herman Hesse y pensar en esa educación prusiana y cuasi hippie que él tiene. Las narraciones del personaje que se va y aleja de su pueblo, el reo que se va a la india y la figura de Siddharta son algunas herencias que me hacen pensarme como ese artista que va por su camino siguiendo su ruta como lobo estepario. No busco formar parte de un discurso en manada; pero también participo siempre de movidas colectivas. Semanas atrás estuvimos en Villa Las Rosas apoyando una petición sobre la no explotación del litio y uno no es ajeno a ese tipo de cuestiones porque es un horror ver la destrucción del hombre por el hombre en la actualidad. Esto es algo que también venimos llorando desde otras culturas, ese dolor que generó el incendio en Notre Dame está presente en toda la historia de las culturas y nuestros pueblos que fueron condenados a la opresión. No miro estas cosas desde afuera o desde arriba, pero sigo un camino propio a nivel artístico. Mi función es la de expresarme a partir de mis obras sin tener ninguna pretensión de gran intelectual. Lo que opino es que al mundo le hace falta jugar más con barro para volver a conectar.

Nota correspondiente a la edición n° 540 del periódico La Jornada, del 24 de abril de 2019.

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