Por Agustina Sosa

“Cuenta (Emmanuel) Lévinas que en el campo de concentración, durante el régimen nazi, había un perro que deambulaba por allí. Cuando los prisioneros regresaban de trabajar, ese perro al que llamaban ‘Bobby’, los recibía ladrando de alegría. Ningún hombre -dice Lévinas- sino un perro, los reconocía como seres humanos. Sólo un animal recompuso la humanidad que el ser humano estaba destruyendo. ¿Cuánto le debemos al otro? Pensar, éticamente, el vínculo entre lo humano y lo animal, es pensar nuestra responsabilidad por el sufrimiento de los otros. ¿Quiénes son, hoy, nuestros animales?”

Así finaliza el capítulo titulado “El Otro” que forma parte del ciclo ‘Mentira la Verdad’, conducido y narrado por el filósofo Darío Sztajnszrajber y transmitido por Canal Encuentro.

Si algo podemos decir de este intelectual que viste camperas de algodón tipo canguro, pelo largo y zapatillas de lona, es que cada vez que su voz traspasa el televisor, es imposible no prestarle atención. Este hombre de jóvenes 50 años ha sabido captar a un público que nuclea diversas generaciones, a través de un discurso cargado de intervalos y pausas, preguntas y repreguntas, y una necesidad constante de ir asegurándose de que su interlocutor vaya entendiendo a qué se refiere.

Sztajnszrajber nos invita a angustiarnos y a llenarnos de dudas, pero no hay margen de duda respecto de lo que este pensador del siglo XXI (que elige enviar audios de WhatsApp) logra con una exactitud (¿quizá sería mejor decir eficacia?) que él mismo sería el primero en problematizar: el éxito de su libro “Filosofía en 11 Frases” y de su show “Salir de la Caverna” no es casual y está ligado a su incuestionable talento.

– Siempre decís que la filosofía busca angustiarnos y que gira en torno a una sensación de pérdida, ¿cómo es ser filósofo en un país que no soporta perder?

– Son dos tipos de pérdidas diferentes, ¿no? la pérdida a la que se refiere la pregunta en relación a que a los argentinos no nos gusta perder, tiene que ver justamente con compensar la existencia en términos resultadistas y exitistas, dando por supuesto una concepción del éxito y la derrota, digamos, en términos más bien de expansión de poder, o de acumulación material, o de reproducción de la imagen. En realidad, la pérdida a la que llama la filosofía es poder romper justamente con todos esos esquemas previos que determinan formas de construcción de sentido: esto es perderse de la “certeza”, y en esa pérdida de la certeza también nos perdemos del ideal resultadista de que la vida se divide en esta grieta entre los ganadores y los derrotados ¿no? es como que en realidad, como todos nos vamos a morir, y, en algún punto, esa contingencia es insalvable, el hecho de ganar o perder en términos exitistas no aporta nada. No resuelve el conflicto de fondo.

– Mi hermano tiene 19 años y busca los episodios de “Mentira la Verdad” por YouTube; ¿Cuál ha sido tu secreto para captar la atención de los centennials?

– Creo que el proyecto Canal Encuentro fue un proyecto que en su momento nació desde el ministerio de Educación en la gestión anterior, con el objetivo de reinventar las prácticas áulicas. Entonces, desde el principio la convocatoria que me hicieron para hacer “Mentira la Verdad” tuvo que ver con acercar la filosofía a los más jóvenes. Y ese era un trabajo que yo ya venía haciendo de toda mi vida en el aula. Yo soy docente de enseñanza media, hice mi carrera básicamente ahí y permanentemente experimentaba recursos pedagógicos que tenían que ver con algo tan simple como entender que la filosofía no es algo abstracto ni etéreo sino que está presente en la inmediatez de lo cotidiano. Entonces, cuando uno empieza a encontrar que en cada una de las acciones que realiza existe la posibilidad de interpretarla de diversos modos a partir de distintos dispositivos de interpretación, esas prácticas empiezan a tener como una mayor coloratura, ¿no? una mayor densidad. Y lo que pasó fue que trabajando en el formato pudimos de algún modo, me parece, encontrar un lenguaje y un tipo de “provocación” filosófica que a alguien joven le resultara convocante. Igualmente, creo que si hay una edad en la que la filosofía te pega un primer ‘martillazo’, te destartala y al mismo tiempo te erotiza, es en la adolescencia; uno viene de una niñez en donde todo de algún modo está encuadrado en donde se debe, y con la necesidad de cumplir mandatos, obligaciones y órdenes, y en la adolescencia es como un primer despertar muy propio de la filosofía que tiene que ver con entender que las cosas pueden ser de otro modo. Esta ruptura con la costumbre me parece que pega fuerte en una edad en donde de por sí los chicos están buscando su propio camino.

– Siguiendo la línea de las cosas que tienen tanta adhesión de los jóvenes, ¿cómo ves el auge del movimiento feminista?  ¿Cuánto hay para analizar desde la filosofía en la frase “muerte al macho”?

– Creo que no hay un feminismo, que hay muchos feminismos que van, de algún modo, diferenciando su propuesta aglutinados todos los feminismos con una misma convicción, que es la necesidad de una deconstrucción de la identidad sexual tal como ha venido naturalizándose hasta ahora. Me parece que en ese sentido es muy afín a la filosofía, porque su “provocación” tiene que ver justamente con poder corrernos del sentido común, y el sentido común no es tan común a todos sino que de algún modo se presenta como tal, pero lo que encubre es ser el discurso que legitima -en realidad- el interés de los dominantes. Y en el caso puntual que el feminismo denuncia, de una dominancia patriarcal. Me parece que, poner en evidencia quiénes han sido a lo largo de nuestra historia las grandes damnificadas por diferentes formas de la opresión como son las mujeres, es una forma de emancipación de la humanidad toda, ¿no?, cada vez que algunos de los sectores históricamente discriminados u oprimidos puede, de algún modo, hacerse escuchar y comenzar un trabajo de emancipación, es como una forma, desde su singularidad, de bregar por una emancipación del ser humano en su totalidad. Creo por otro lado que hay diferentes formas y expresiones: la de “muerte al macho” es una de las tantas que no rubrica la totalidad de las prácticas feministas; sin embargo, creo que es una fórmula fundamental como para entender obviamente la diferencia en toda sociedad patriarcal entre el varón y el rol que ocupa o el rol al que se lo coacciona y, por otro lado, la idea del ‘macho’ como la celebración y orgullo de la supuesta superioridad y asimetría que el varón cree que tiene sobre no sólo la mujer sino sobre el resto de las identidades sexuales, o sea, sobre todo lo que no sea varón. Y es interesante lo que plantea, entonces, la fórmula como para pensar qué es un macho, me parece que nos sirve como para hacer una reflexión profunda acerca de lo que significa ser macho y todas las consecuencias violentas que esto implica.

– ¿Pensás que se puede caer en una ‘cancelación’ de la otredad? ¿Cómo evitar la intolerancia frente a las opiniones de los otros, en un país que confunde conflicto con violencia?

– Yo creo que, claramente, el conflicto siempre es positivo porque es la única forma de potenciar la singularidad y de evidenciar la otredad. Coincido con la pregunta, que no es lo mismo conflicto que violencia; yo creo que la peor violencia es la que se ejerce disolviendo al otro, entonces, en la disolución del otro ya no hay conflicto porque hay, justamente, disolución. Yo sería como mucho más “sospechoso” de las armonías y de los proyectos de paz y reconciliación social que por lo menos han circulado en nuestra sociedad, que de los conflictos cuando surgen en el marco de una sociedad abiertamente democrática y se plantean justamente discusiones sobre los límites, que es la única discusión a fondo que de algún modo sigue profundizando la democracia de un país. Es muy interesante visibilizar la “cancelación” de la otredad, los mecanismos que hay como para generar esta situación. En general no son mecanismos violentos, aunque los hay, porque hay represión abierta muchas veces, sino que son más bien mecanismos por normalización, donde se logra la invisibilización del otro en nombre de la verdad, o en nombre de la corrección, o de distintas ‘etiquetas’ que son de algún modo internalizadas como de sentido común. En esa línea, me parece que hoy podemos visualizar (no sólo en Argentina sino en Latinoamérica y ni hablar en Europa) una histórica forma de cancelación al otro que es la xenofobia. La xenofobia es, de algún modo, el inicio de toda cancelación del otro, porque es la idea de que la ausencia de una ciudadanía quita derechos en tanto seres humanos. Me parece que ahí se juega un poco el problema de fondo de entender quién es el otro, y lamentablemente asistimos como a una proliferación de políticas de ensañamiento con el extranjero creyendo que de ese modo uno puede salvarse a sí mismo.

– Los defensores de la lógica mecanicista de la ciencia critican fuertemente a la astrología, vos -en cambio- afirmás que se trata de “un dispositivo hermenéutico”… ¿cómo sería?

– Creo que básicamente hay que salir de la “grieta” entre interpretativismo y objetivismo, como si hubiese por un lado una lógica de la verdad y por otro lado una lógica del ocultamiento o de la apariencia. Cuando hablamos de dispositivos hermenéuticos hablamos de que siempre estamos interpretando; ahora, interpretar no es crear la realidad o negarla, sino es construir sentido y entramarla dentro de una red de significados que es previa. Entonces, la astrología como cualquier otra disciplina puede leerse de un modo o de otro de acuerdo a esa disposición previa que hacemos de las categorías conceptuales y del uso que se le da. Para los que no creemos en verdades absolutas, entonces, la astrología puede ser un excelente mecanismo más cerca, si querés, de la literatura, para aliviar la existencia o generar impulsos para conocerse mejor a uno mismo. Entonces, no tiene que ver con el conocimiento, sino que tiene que ver más pragmáticamente con el modo que ese tipo de práctica nos es utilizada para nuestro propio autoconocimiento. Creo que la ciencia, por otro lado, por suerte y más allá de las posturas más extremistas, es una actividad que está permanentemente probando y refutándose a sí misma. Y creo que el propósito de la ciencia tiene que ver con su vocación por comprender una verdad imposible, pero la mueve la búsqueda de la verdad. Sin embargo, no todo saber está directamente asociado a eso, ¿no?, me parece que ahí hay una diferencia. Creo que se pifia cuando se pone a discutir si la astrología o la religión nos hablan de verdades absolutas, cuando de lo que en realidad estamos partiendo es de que no hay absolutos. Y me parece que hay como diferentes esferas, ¿sí? Evidentemente yo no me haría una carta astral para resolver una apendicitis, me parece que la diferenciación de ámbitos es fundamental. Ahora, para tratar literariamente de conocerme mejor a mí mismo, prefiero la astrología. No iría a un médico a que me saque una radiografía de mis problemas espirituales.

Frases

“La xenofobia es el inicio de toda cancelación del otro”.

“Hay que salir de la “grieta” entre interpretativismo y objetivismo, como si hubiese por un lado una lógica de la verdad y por otro lado una lógica del ocultamiento o de la apariencia”.

“Si hay una edad en la que la filosofía te pega un primer ‘martillazo’, te destartala y al mismo tiempo te erotiza, es en la adolescencia”.

“Creo que no hay un feminismo, que hay muchos feminismos que van, de algún modo, diferenciando su propuesta aglutinados todos los feminismos con una misma convicción, que es la necesidad de una deconstrucción de la identidad sexual tal como ha venido naturalizándose hasta ahora”.

Nota correspondiente a la edición n° 537 del periódico La Jornada, del 30 de enero de 2019.

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