Por Felipe Etkin

Desde hace más de ocho años, dos payasas con aromas serranos y copleros se abren paso en la escena artística cordobesa. Sin pelos en la lengua, Las Pérez Correa tejen una nueva poética humorística que destierra viejos lugares comunes y refritos de las marquesinas teatrales para abrir la cancha a nuevos sentidos: la política, el feminismo, lo folklórico y los derechos humanos como materia prima para el humor.

Detrás de las narices coloradas están Laura Ortiz y Julieta Daga, dos artistas que aseguran disfrutar del rol de payasas para poner el dedo en la llaga, hablar de lo que molesta, construir otro país y, a la vez, descostillar de risa a los espectadores.

Frente a esta tarea, la música, el canto y la danza acompañan el show que entrevera un poco de manifiesto político, matices de espectáculo folklórico, momentos de teatro ácido para niños, ternura y rebelión.

– A lo largo de este año presentaron la obra ‘Picante de Tuna’, ¿en qué consiste?

– Desde hace cuatro años venimos desarrollando el formato de revista, que consta en una secuencia de números breves en los que hacemos todo un repaso de la realidad social, política y emocional del país. Tenemos una galería de personajes, muchos de ellos musicales y también incluimos danza. Entre las protagonistas están Las Infanto Correas con canciones para niños, Las Pérez Copleras, Las Mariachi Correa, Las Pérez Gaucheras, entre otras personalidades que hablan de la situación de nuestro país a través de diferentes formas de discurso.

– ¿Qué tipo de diferencias tiene con el género revista tradicional que uno esperaría encontrarse en el teatro?

– Hay una distancia muy grande. Somos dos payasas que hacemos una versión feminista del formato tradicional. En todos los números abordamos problemáticas referidas al lugar de la mujer en la sociedad y su reformulación en clave del feminismo; pero a su vez están todos los iconos del género revista: la pollerita corta, el zapato taco aguja y las lentejuelas. Todo eso llevado al humor de las payasas le da una especie de mofa a lo que es entendido como ‘lo femenino’ en la sociedad patriarcal. El punto de partida es que el lugar de la mujer en el teatro revista es muy cosificador. Jugamos con el humor desde ese lugar, riéndonos de la mirada heteronormática y deconstruyéndonos. No obstante, no es algo que esté totalmente concluido para nosotras, es un proceso en el que revisamos y reformulamos sentidos junto con el público. Algo interesante es que nuestros espectadores son mayoritariamente adultos, que son quienes por mayor tiempo tuvieron una educación fundamentada desde la heteronorma; por lo tanto nuestro espectáculo cava en un lugar muy conflictivo que muchas veces termina generando humor desde ese mismo impacto. En definitiva, vamos al choque para que lo humorístico brote desde ahí.

– Venimos de unos días muy importantes para el mundo artístico por la denuncia de abusos y violaciones que pusieron en jaque toda esta infraestructura patriarcal que sostiene el arte. ¿Su humor también está atravesado por este tipo de realidades?

– Sí. Es una tarea muy difícil ser mujer y estar en el humor. Los medios de comunicación son espacios muy complicados y los escenarios también son muy complejos. A raíz de toda esta movida hemos conformado espacios de asociación de mujeres actrices que nos juntamos para organizarnos, revisar y denunciar que hemos sido víctimas de violencia por parte de compañeros.

Es algo que atraviesa a todos los sectores. Hay respuestas muy hostiles respecto a que las mujeres nos subamos a un escenario a hacer humor y que tengamos éxito. Esto siempre se supuso potestad de los hombres, sobre todo en la provincia de Córdoba que puede pensarse como la cuna del humor a nivel nacional y donde tradicionalmente la mayoría de los cómicos son hombres.  Afortunadamente en la actualidad las mujeres irrumpimos en el humor autolegitimándonos y habilitando esos espacios a nosotras mismas.  Históricamente nos quisieron enseñar que las mujeres no sabemos hacer reír; pero sí podemos, con una propia poética y bajo otras lógicas, que no son las mismas de quienes programan los espacios teatrales o los dueños de los medios de comunicación. Estamos construyendo un nuevo espacio para todes.

– Un nuevo espacio que también genera incomodidades…

. Exacto, tanto en hombres como en mujeres. Como somos payasas, tenemos un lugar de llegada fácil, más amoroso y tierno, que permite que esa incomodidad a veces no sea percibida por los espectadores. Se ríen y te aceptan, pero a la vez introducimos un doble filo porque aprovechamos ese momento para decir un montón de cosas bajo la impunidad de la nariz, ese resguardo que tenemos a través de los personajes. Cuando empezamos teníamos cierta timidez, si bien sabíamos lo que queríamos decir, tuvimos que ir conociendo el medio artístico que estamos integrando. Al principio no nos fue nada fácil, pero se nos fueron abriendo las puertas, sin sospechar a dónde íbamos a llegar. Es un movimiento constante, nos pusimos feministas porque fue algo que nos empezó a pasar por el cuerpo y a partir de eso se inauguran otros lugares que nos sorprenden a nosotras mismas. A su vez, utilizando la herramienta que te da el payaso para poder ser políticamente incorrecto y cuestionar la norma, meternos con problemáticas difíciles de abordar o soportar desde un código solemne. Las payasas pueden reírse de lo que nos duele como sociedad y como mujeres y desde ahí, sin ninguna cataplasma, ir directo al hueso o la herida abierta. Escribimos desde un lugar que nos provoca mutuamente. Al principio nos da escozor, pero nos metemos igual y salimos gustosas de meternos en ese lugar que nos ubica en un conflicto y que no sabemos cómo será recibida por la estructura normativa. Esa es nuestra poética y nuestro humor.

– ¿Cómo es el proceso creativo?

– Comenzamos a actuar sentadas, a la vez que escribimos. Cuando la idea nos hace reír nos paramos y empezamos a montarlo escénicamente junto con Facundo Domínguez que es el director con el que trabajamos. Luego le incorporamos vestuario y elementos que también van escribiendo la obra y situaciones dramatúrgicas. Es una creación constante que siempre se completa y revisa en el vínculo con el espectador.

– ¿Cuál fue el contexto en el que surgieron Las Pérez Correa?

– Nos conocimos haciendo teatro hace más de 20 años, pero el dúo nació alrededor del 2010 y empezamos a escribir para el programa Más Vale Tarde. Al tratarse de televisión descubrimos la posibilidad de abordar un tema y condensarlo en los tiempos habituales de ese medio. La coyuntura estaba marcada por un resurgimiento de la actividad política, hablar de participación estaba dejando de ser aburrido o mala palabra. En el periodo del kirchnerismo se politizó la sociedad y esto daba material para generar nuestra poética. Fue un contexto en el que encontramos un caldo propicio para escribir. Si bien venimos de familias que daban lugar a estas discusiones, la sociedad estaba preparada para lo que nosotras hacíamos por la televisión, la radio y los teatros. Más allá de la obvia existencia de disidencias y coincidencias, se formó un círculo de artistas que empezamos a hablar de las mismas cuestiones y pararnos en el escenario desde una perspectiva común.

– En un momento político diferente, ¿qué sucede con el humor?

– En nuestra intervención hay una continuidad. La coyuntura política siempre es una provocación para el artista, pero estamos en un contexto que deprime un poco. Para quienes hemos encontrado un lugar, es importante defenderlo; no obstante hay que ir con cautela y ser un poco más sagaz en cómo hacer humor en estos momentos en los que todo cambia y las personas no están totalmente dispuestas a reírse de su propia desgracia. Hay que dar la batalla, porque esto es en lo que creemos a pesar de que se haga más difícil porque la gente está triste. La gente no tiene espacios de encuentro, en gran medida porque no tiene plata para eso. Si la gente no tiene poder adquisitivo no puede salir a encontrarse con un otro. Con la crisis económica se nota que los ciudadanos eligen cuáles son sus prioridades, y lógicamente están en comer antes que en la gorra de un artista. Asimismo, a nosotras nos genera el desafío de repensar nuestro trabajo para distribuirlo en el tiempo y el espacio, asociarnos con otros compañeros y buscar alternativas. Los artistas tenemos que ser astutos para saber cómo devolverle la alegría a la sociedad.

– ¿Cómo se llevan con el circuito tradicional del turismo de entretenimiento?

– Hicimos temporada en Villa Carlos Paz y nos fue muy bien, pero nos siguió el mismo círculo que ya sabía lo que iba a ver. No captamos al público que va a ver teatro revista en general a esa ciudad. Nos interesaría acceder a todos los tipos de espectadores y que lo vea el que quiera, pero no vamos a negociar lo que hacemos; nunca podríamos salir de lo que somos. De todos modos, nuestros personajes se hacen querer más allá de que alguien no comparta nuestro posicionamiento; ahí hay un gran espacio para la rebelión y desde ahí se construye.

Nota correspondiente a la edición n° 536 del periódico La Jornada, del 26 de diciembre de 2018.

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