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Por Prof. Jorge Etchevarne

 

Playas de Oro, 15.000 años A.C.

El torpe animal se encontraba exhausto. Bufaba, y a cada instante giraba sobre sí para anticiparse al ataque de los cazadores que lo hostigaban desde los flancos. Eran tres, una pareja y su cachorro que estaba aprendiendo a cazar.

Lo acosaban hacía horas. Habían conseguido herirlo en una pata, y con eso era suficiente. Preferían mantener prudente distancia de aquella mole con movimientos impredecibles que luchaba por su vida; no querían exponerse a recibir un mazazo de su cola que sería mortal o los dejaría malheridos.

Sangraba, y cada hora que pasaba se debilitaba más y más. Ellos sabían que, de una u otra manera, aquella presa sería suya. Solo tenían que esperar; un día, dos, o lo que hiciera falta. En poco tiempo su blindaje de nada le serviría y el almuerzo estaría servido.

El animal multiplicaba sus esfuerzos por tomar distancia de sus predadores, aunque esto era puro instinto. Su velocidad de fuga era la de una tortuga grande, con aceleradas cortas que lo agotaban con rapidez.

Desde el día anterior llovía copiosamente, poniendo fin a los tiempos de sequía. Innumerables hilos de agua descendían de las sierras, horadando caprichosos cauces en el ondulado terreno, uniéndose unos con otros hasta formar arroyuelos que se escurrían por la pendiente en dirección al río.

La temperatura había descendido sensiblemente y un manto de niebla ocultaba, ahora, las cumbres del macizo montañoso que dominaba el paisaje, desgajándose por sus laderas.

Aún era de día, pero la oscuridad de la noche se había adelantado. Los relámpagos iluminaban el entorno como flashes en una escenografía, atronando a cada instante, replicados en mil ecos.

El animal advirtió tardíamente que se encontraba en el borde de la barranca socavada por el río. Hasta allí había sido empujado por aquellas lanzas primitivas, empuñadas por su peor enemigo, aquel que cierto día irrumpió en el valle y que, desde entonces, estaba acabando con todos los de su especie.

Las puntas de cuarzo le laceraban el hocico, buscaban sus pequeños ojos y los intersticios entre sus placas, lo herían de muchas maneras, obligándolo a retroceder.

Furioso, resoplaba y se sacudía hacia un lado y hacia el otro, intentando alguna defensa, pero todo era en vano. Centímetro a centímetro fue cediendo terreno hasta que sus patas ya no consiguieron afirmarse en el borde de tierra que se desmoronaba bajo su peso.

Su corpacho rodó con ninguna elegancia por el empinado terreno. Si caía en posición invertida, todo estaba perdido. Pero no, tuvo suerte. Una tonelada de huesos, carne, cuero y caparazón se estrellaron contra el suelo arenoso de la orilla, aunque afortunadamente para él, sobre sus patas.

Con sus limitaciones para levantar la cabeza, intentó localizar a sus verdugos. Ellos lo miraban desde lo alto, pero no hacían ningún amague de bajar hasta donde él se encontraba.

Comprensiblemente, sintió renacer la esperanza -si es que un ser irracional como él pudiera tenerla-  de escapar de aquella situación. Se acercó al agua para beber y reponer energías.

Los truenos que resonaban a cada momento le impidieron escuchar su llegada.

Mientras sorbía con la respiración agitada, un manto de espuma cubrió rápidamente sus cortas patas y acarició su vientre. Siendo como era, un mamífero con experiencia limitada a las tierras de pasturas, no entendió lo que estaba sucediendo.

La creciente llegó con toda furia, arrasando cuanto hubiera a su paso.  Rocas, troncos y árboles completos arrancados de cuajo se revolvían en esa masa oscura de varios metros de altura que avanzaba sin piedad hacia donde él se encontraba.

La bestia fijó su mirada en aquél espectáculo que veía por primera y última vez.  Ahora sí, la muerte lo había alcanzado.

 

Playas de Oro, 1.928 años D.C.

Luis Palacios mascullaba por lo bajo mientras apuraba sus pasos mirando aquí y allá en busca de las cabras que se le habían perdido. Corría principios de abril y tras una semana de lluvias el sol por fin había salido, acariciando los campos con su calidez otoñal.

Tenía que ir hasta Carlos Paz para comprar algunas cosas en el almacén de Don Pagani, y el hecho de salir a buscar los animales no hacía más que demorarlo. Si Lucho no estuviera por ahí haciendo quien sabe qué, podría ayudarlo; pero esa mañana tenía que arreglárselas solo.

Se esperanzó que un día todo cambiaría. Don Irós había prometido pagarle bien por su campito. Con esa plata se mudaría al otro lado de la sierra, por donde vivía el Rucho. Allá había buenos pastos para el ganado y mejor tierra para cultivar. Hasta podría tener una linda chacra como siempre había soñado. Conocía bien el lugar porque le gustaba recorrerlo a caballo cruzando por la quebrada de Las Rosas.

Esos pensamientos ocupaban su mente cuando vio las vacas de Don Bustos en la orilla del río. ¡Otra vez habían invadido sus maizales! Ya le había dicho mil veces a su vecino que se ocupara de reparar el alambrado caído, pero no había caso, a él no le importaba.

Se descolgó presuroso por la barranca y con una varita de sauce que acostumbraba llevar ahuyentó a los animales que salieron disparados río abajo, chapoteando por la orilla. Alzó la vista y vio el algarrobo en los fondos de la casa de Juan Irós, y un poco más arriba la flamante construcción. ¡Qué hermosa casa que se hizo el dotor! Algún día él haría una igual de linda… pero, ahora tenía que ocuparse de encontrar sus cabritas.

Cuando estaba a punto de continuar su camino vio algo que llamó su atención. Allí, a pocos pasos, una forma redondeada, blancuzca, asomaba a flor de tierra en la parte baja de la barranca. ¿Una barrica?  Nunca la había visto. Sin duda la última creciente la había destapado.

Sin mucho convencimiento se acercó para tocarla. Golpeó con sus nudillos la superficie humedecida. Toc, toc. No, metal no era, tampoco barro cocido. Cosa rara. Parecía cal, pero…

Hincado, comenzó a escarbar alrededor de esa extraña prominencia cuyos bordes se hundían en la tierra. Todavía la tosca estaba húmeda tras la retirada del agua y el material removido se le hacía pesado y pegajoso.

A medida que apartaba la tierra, la supuesta barrica demostró ser más grande de lo que había imaginado. Refregó la superficie rugosa para quitarle la arcilla adherida, observando unas figuras hexagonales con centros redondeados que no logró identificar. Nunca había visto tales dibujos sobre un… ¿hueso?

Siguió escarbando con renovado entusiasmo, pero la tierra se ponía cada vez más dura. Iba a necesitar herramientas. Volvió a su casa, no del todo convencido si estaba haciendo bien o mal en perder tiempo con aquello.

Rita lo vio venir desde la ventana de la cocina y pasar de largo rumbo al galponcito. Lo vio tomar un pico, una pala y un par de latas que usaba como baldes, y regresar por donde había venido sin darle explicaciones.

Otra vez en el lugar del hallazgo, Luis retomó la tarea. Al cabo de dos horas de trabajo surgió ante él parte de un enorme caparazón. Debajo, asomaban unos huesos también inusualmente grandes.

Sin duda eran restos de un animal muerto hace mucho. ¿Pero qué animal habrá sido con un cascarón de ese tamaño? Parecía ser de… ¡Un peludo! —¡Pero qué peludo Señor! Era el tatarabuelo de todos los peludos.

No podía creerlo. ¡Había encontrado los restos de un animal de antes del Diluvio!. Excitado, feliz, inmediatamente olvidó sus cabras y lo que debía hacer ese día en el pueblo. Con más rapidez que un rayo regresó a su casa y compartió la noticia con Rita y los chicos.

La fortuna estaba de su lado y había que ayudarla. Dedicaría el resto del día a extraer de la barranca aquél mamotreto del cual apenas había destapado una parte. No le dejaría la iniciativa a otro que en cualquier momento podía aparecer por el lugar, encontrar su tesoro y alzarse con el mérito.

Y así fue. Después de almorzar regresó con los chicos y pasó toda la tarde, hasta la caída del sol, agrandando su excavación. Poco a poco el animal prehistórico que alguna vez existió, ahora reducido a un montón de huesos, se fue revelando.

Mientras él aflojaba la tierra con el pico, Lucho la apartaba a un lado con la pala. Utilizaban una cuchara de albañil y un cuchillo para cavar alrededor del caparazón, cuidándose de no romperlo. Cruz y María se ocupaban de meter en los tachos de lata los huesos que lograban rescatar.

Concentrados como estaban en la tarea, no percibieron que un paisano a caballo los observaba desde el otro lado del río, sin comprender lo que estaban haciendo. Era uno de los peones de Don Garayzábal. Al rato, el curioso cruzó las aguas sorteando las piedras y se acercó al grupo, que seguía concentrado en su tarea de paleontólogos improvisados.

  • Bueenas Don Luis ¿en qué anda?— preguntó el recién llegado desde su cabalgadura, observando con interés el amontonamiento de huesos que estaban haciendo.

Al principio Palacios, algo molesto, no quiso contestar, pero luego inventó una respuesta de compromiso.

—Un elefante Don. Encontré un elefante.

A su contestación siguió un silencio que nadie interrumpió. Solo se escuchaba el crujir de la arena y los cantos rodados que cedían bajo el golpe de las herramientas. El sujeto entendió que su presencia incomodaba y decidió marcharse, no sin antes echarle otro vistazo al esqueleto desmembrado que estaban extrayendo de la barranca.

Al atardecer Don Luis decidió que por ese día era suficiente. Habían recolectado muchas piezas, pero no podían cargarlas a todas. El agujero inicial se había convertido en una pequeña cueva que parecía haber cobijado al bicho desde siempre.

Lograron destapar la coraza de un metro por lado, pero temeroso de que pudiera romperse debido a su tamaño y fragilidad, no quiso apurar el trámite de sacarla. Lo haría al día siguiente y entonces se llevarían el resto de los huesos.

Esa noche, Rita le recriminó que estaba perdiendo tiempo en una tontería cuando había mucho para hacer después de tantos días de lluvia. Pero él no escuchaba. Soñaba despierto con que su descubrimiento le traería fortuna. Seguramente había gente de la ciudad dispuesta a pagarle bien por él.  Ya vería cómo.

Luis Palacios rodeado de algunos miembros de su familia.

A la mañana siguiente, después de juntar leña para encender el horno y acarrear agua hasta la casa, volvió con los chicos al lugar de su hallazgo. Era Viernes Santo y no tenían clases. Todos estaban entusiasmados con la aventura de rescatar un animal prehistórico. Eran solo cinco minutos de caminata. Mejor hacerlo por la orilla del río; no había churqui.

Cuando se encontraban a escasos metros de su excavación, Don Luis quedó paralizado, sintió que un frío le corría por la espina, las piernas se le aflojaban y la sangre se detenía en sus venas. Perplejo, con los brazos colgando,  asiendo sin fuerza las herramientas que llevaba, vio lo que no quería ver.

Su tesoro ya no estaba. La cueva se mostraba vacía. No había rastros del bicho, pero sí de alguien que había estado escarbando. Fragmentos de huesos aquí y allá, pequeños pedazos de la coraza con su característico dibujo poligonal. Pero nada, nada que valiera la pena rescatar. Se lo habían llevado todo. Le habían robado. Pero ¿quién?

—No hay peor cosa que la envidia entre pobres. Qué triste Señor!

Malhumorado, volvió a su casa con la furia contenida. Los chicos en fila india, detrás de él, compartían su frustración. Ninguno hablaba. ¿Quién se había atrevido a robarle? Ya lo sabría. El pueblo es chico y los chismes corren rápido. Al final Rita tenía razón. Tanto esfuerzo para nada. Mejor ocuparse de las obligaciones y no darle vueltas al asunto. El lunes iría a ver al comisario.

No pasó mucho tiempo en enterarse. El Domingo de Resurrección, Ignacia, su hija mayor, que trabajaba en casa de los Carranza, tenía el día libre y trajo la noticia. Su bicho estaba desparramado por todo San Antonio; prácticamente en cada casa había una parte de él.

—En casa de Don Cornelio Reartes he visto un pedazo de la cáscara, y en lo de Eleuterio Aspitía hay un hueso que debe ser de la pierna.

¡Madrecita! ¿Quién podría ayudarlo si el mismísimo comisario del pueblo y el juez de Paz se habían repartido su preciado tesoro?

Necesitaba consejo. Iría a ver al cura, hablaría con él cuando terminara la misa de las once. No quería problemas con la justicia, que más que justicia era injusticia.

Cerca del mediodía Don Luis montó su caballo y encaró para el convento de los Franciscanos. Rita y las mujeres habían ido temprano para participar de la celebración y se habían llevado a los más chicos. Los muchachos estarían jugando a la pelota con sus amigos del pueblo porque no se los veía por ninguna parte.

Cuando la misa acabó, Don Luis esperó con impaciencia que el cura terminara de saludar a los feligreses y se dirigiera a la sacristía. Lo interceptó a medio camino.

—Hijo, no te he visto en la misa

—Es que anduve muy ocupado Padre, pero mi familia vino todita

—Ya sé por qué vienes a verme, dicen que encontraste un elefante— lo anticipó el cura

—Si padre, pero me lo han robao…

—Nada que sea importante hijo—  lo consoló el cura, quien tampoco quería lío con el comisario ni el juez.

—Me han traído unos pedazos para preguntarme y estoy convencido de que no se trata de un elefante sino de un quirquincho de unos siete siglos. He visto otros así, nada de mucho valor.

De pronto las ilusiones que Don Luis se había hecho sobre su hallazgo se vinieron abajo con la aseveración del cura que, como todos sabían, era una persona muy leída.

—Hijo, recuerda qué día es hoy. Perdona a quienes te han hecho daño así como lo hizo nuestro Señor. Regresa a tu casa con el alma en paz, no guardes rencor que mal hace a ti y a los tuyos.

Don Luis agradeció el consejo sin convencimiento y volvió a su casa resignado. Tal vez el bicho no fuera de tanto valor como él había pensado. Tal vez exageró imaginando que era afortunado por encontrarlo. En todo caso, le quedaban de recuerdo varios pedazos de la cáscara y los huesos más grandes que felizmente había conseguido llevarse.

Días después aparecieron por su casa unos periodistas de la ciudad. Le preguntaron sobre el peludo gigante, a sabiendas que él era la persona que lo había encontrado.

Un poco receloso al principio, Don Luis quiso saber quién les había avisado y se lamentó de que no lo hubiera hecho él mismo “porque así habría sido otra cosa”.

Les contó con detalles cómo había sido todo: el hallazgo del bicho en la barranca, el trabajo que le tomó la excavación, y lo sucedido esa noche fatal cuando le robaron el cascarón y los huesos amontonados.

Al pedirle ver los fósiles que guardaba en las latas que alguna vez sirvieron para envasar nafta, se mostró algo vacilante, pero finalmente accedió, y hasta les permitió tomar fotos.

Luis Palacios, sus hijos y un cronista del diario “El País” ante la cueva excavada para extraer el fósil.

Luego, los llevó hasta el lugar donde lo había encontrado, y señalando en dirección al río, explicó

—La creciente los descubrió. Este río es muy bravo cuando crece. El agua llega hasta arriba de la barranca y como viene con tanta fuerza, se va llevando en cada creciente una buena parte de la pared. Yo me acuerdo que cuando era chicuelo la barranca llegaba hasta donde está la mitad del río ahora. Allí había una hilera de sauces que las crecientes se han llevado.

Y como para que no tuvieran dudas de sus intenciones, agregó

—Como venga una nueva creciente, me voy a ir a ver si aparecen otros huesos. Y no me va a ganar nadie, porque voy a estar listo. Aquí nosotros sabemos cuándo va a descomponer el tiempo, por donde viene la creciente, porque donde nace el río, en el cajón de Ycho Cruz, se oyen ruidos, como si fuera un rugido, entonces es seguro que llueve.

El fotógrafo hizo varias tomas y finalmente se despidieron, no sin antes pedirle prestados algunos huesos para que la gente entendida del museo de Córdoba las viera.

Algo dubitativo, accedió. Después de todo se sentía orgulloso de su hallazgo y le gustó la idea de salir en el diario. Luis Palacios se llevaría el mérito de haberlo encontrado, ¡aunque tuvieran que pasar noventa años!

 

Si bien el relato precedente es una ficción, está basado en hechos reales y en testimonios de los protagonistas de este acontecimiento, publicados en el diario “El País” de Córdoba en su edición del 15 de abril de 1928.

Luis Palacios, hijo de Cruz Palacios, el histórico capataz de la estancia “Las Rosas”, encontró fortuitamente, a orillas del río San Antonio -en el lugar que poco después se conocería como Villa Independencia-, los restos de un gliptodonte, mamífero acorazado emparentado con las mulitas, que supo habitar estos parajes en el Pleistoceno y sobre cuya extinción todavía se especula.

El fósil, conservado en los estratos sedimentarios de la cuenca del San Roque, quedó al descubierto después de una creciente. Algunas partes de su esqueleto fueron extraídas del sitio del hallazgo por Luis Palacios y sus hijos. Otras fueron sustraídas por desconocidos durante la noche y repartidas entre los habitantes de San Antonio de Arredondo, incluidas sus propias autoridades.

Solo algunos huesos y pedazos de la armadura fueron llevados al Museo de Ciencias Naturales de Córdoba y examinados por su director, el Doctor Ariosto Licursi, quien los identificó como pertenecientes a un gliptodonte, pero los juzgó insuficientes para extraer conclusiones o emitir un juicio valorativo.

La nota publicada por el diario “El País” resulta ser la primera noticia del hallazgo de fósiles de un animal de estas características en nuestras serranías, muy cerca del lugar donde en 2005 se encontraría el ejemplar exhibido actualmente en el “Parque Estancia La Quinta” de Villa Carlos Paz.

 

Nota correspondiente a la edición n° 515 del semanario La Jornada, del 21 de mayo de 2018.

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